Nuevos cimientos

Atrás quedan los muros que separaban; ahora tenemos una gran habitación

Davinia Lacht

Podría sonar absurdo decir que ahora, justo ahora, es momento de crear una vida nueva. Diría que, en realidad, eso es lo que hacemos con cada amanecer, con toda inhalación, con cada paso, con toda intención. Creamos una vida a merced de lo que decidimos en este instante. Cada día es un miniciclo: amanecemos con ideas, las desempeñamos, observamos los resultados y poco a poco vamos ralentizando el impulso hacia fuera conforme avanza el día y llega la noche. Los mismos ciclos se suceden en las estaciones, de la primavera (que equivaldría a la mañana, momento de desarrollar de ideas), al verano (mediodía, momento de mayor frenesí exterior en el que desarrollamos las ideas iniciales), pasando por el otoño (la tarde, cuando tenemos la ocasión de observar lo que ha ido sucediendo a lo largo del día, ver qué nos ha servido y qué no) hasta llegar al invierno (que equivaldría a la noche, momento de cerrar ciclo e interiorizar). La totalidad de nuestra vida sigue ese mismo ciclo: desde el nacimiento y la expansión hacia el mundo de la forma, hacia la muerte y retorno a la fuente interior.

Es un constante vaivén: hacia fuera y hacia dentro, hacia el mundo exterior y hacia el interior… Ese mismo es el movimiento del universo. El universo se expande y, en estos momentos, tal y como escribo estas palabras y tú las lees, nos vamos dando cuenta de que ese mismo universo también tiene una tendencia a la contracción, hacia dentro, hacia el interior. Un universo que cada vez nos invita más a interiorizar y no vivir solo centrados en la forma. Un universo que nos dice “¡eh, que hay mucho más aparte de lo que ven tus ojos!”. Así, como consecuencia, cada vez somos más conscientes del movimiento de ida y vuelta, buscamos el equilibro de quien vive en el mundo desde la esencia del ser.

Puede que radique ahí la maestría de la vida: en habitar el espacio de eternidad aun conscientes de las realidades del mundo físico. Vivir en el mundo sin ser del mundo. Beneficiarnos de la experiencia de los años que llevamos en la tierra sin dejar de lado las percepciones más profundas que nacen del pálpito interior: ese que va más allá del tiempo, que es eterno y que conecta de alma a alma, consciente de que los problemas aparentes no son más que situaciones que nos permiten optar por la luz. Siempre a sabiendas de que no solo es lo que vemos; pero que lo que vemos también está ahí con un fin y que no podemos más que honrarlo.

Un punto intermedio, un equilibro, el espacio del ser, la maestría de la vida.

Como iba diciendo, ofuscarse en que este es mi período creativo, ese momento en que el ciclo me invita a crear sería un tanto banal, pues la vida la vamos creando a cada instante. Sin embargo, no puedo negar que mi sensación interior es que estamos en ese otoño de la vida como raza en que, tras haber conocido el mundo de la forma y haber estado muy implicados en él, toca empezar a valorar el entorno y detectar qué es aquello que nos ha servido como raza humana y qué no.

Es momento de inclinar la balanza hacia el camino de sabiduría. Y no, ya no se trata de hacer mil cursos por mi bienestar, ya no se trata de que mi mundo sea mi mundo, ni de que yo esté bien conmigo mismo (no solo, vaya). Vamos más allá. Volvemos, como siempre, al intervalo entre los extremos. Este momento consiste en que la sabiduría que palpita tu interior impregne todo lo que haces y no se sacie con ciertos ratitos de bienestar al día. No se trata de formarte porque te has vuelto tan consciente que quieres aleccionar a las fieras salvajes que no se enteran de nada (véase la ironía de esta frase), sino que ahora, más que nunca, esa sabiduría nos impulsa a darnos cuenta de que nada nos separa, de que somos uno y de que no, no existe uno que alecciona y otro que aprende, no existe diferencia entre enseñar y aprender, no hay barrera entre quien habla y quien escucha.

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Es momento de construir nuevos cimientos: fuertes, sanos, firmes. Cimientos que crean paredes contiguas y un hogar para todos. Atrás quedan los muros que separaban. Ahora solo nos queda una gran habitación en la que no existen las distancias y en la que, más que nunca, soy consciente de que hablo a través de ti y de que tu voz son mis palabras.

¿Conversamos?

Davinia presentará su libro “Lecciones del monasterio” el 22 de noviembre a las 19:30h en la Librería Paulinas (Plaza de la Reina 2, Valencia).
www.davinialacht.com



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