Viva la vida slow

La sociedad actual se desarrolla como si el tiempo fuera un recurso limitado. Esta relación malsana, sostiene Carl Honoré, tiene cura con lo que propone la "revolución de la lentitud". La clave, estar en armonía con uno mismo, así se puede fluir en un estado dinámico sin lucha. Y advierte que lo "fast" deshumaniza

Quién es

Carl Honoré es un galardonado periodista, autor y orador TED. Escocés de nacimiento, se crió en Canadá y actualmente vive en Londres. Embajador trotamundos para el Movimiento Slow, The Wall Street Journal lo llamó "un portavoz en la demanda de la lentitud". Después de trabajar con niños de la calle en Brasil, fue corresponsal en Europa y América del Sur para publicaciones como The Economist, Observador, Miami Herald, El Tiempo y National Post. En español ha publicado los siguientes títulos:  “Elogio de la lentitud”, “Bajo presión” y “La lentitud como método”. 
Su web oficial es www.carlhonore.com 

Aurelio Álvarez Cortez

-Hace poco volví a leer un texto sobre wu wei, un aspecto de la filosofía taoísta que propone fluir sin luchar, algo que suena muy “slow”.

-Para mí la filosofía slow siempre ha sido una metáfora, una forma de expresar muchas cosas que van más allá de la velocidad en sí. Implica una forma de vivir más humana que depende del contexto. Eso de fluir sin luchar tiene mucho eco de lo que es la lentitud. Cuando uno está en un estado slow es como estar en un estado flow, que propone el húngaro Mihály Csíkszentmihályi, y significa estar en armonía, en sintonía contigo mismo, con el propio metrónomo. Allí encuentras esa condición de poder avanzar, de fluir, nadar, como iluminado, en un estado dinámico sin lucha. La vida “fast”, rápida, genera muchas chispas y resistencia, porque deshumaniza.

-Supongamos que te encuentras cara a cara con los dueños de las corporaciones que alientan el consumo y el estilo fast, ¿qué les dirías?

-Les haría una pregunta sencilla: ¿por qué? Detenerse y reflexionar con mucho tiempo por qué están haciendo lo que están haciendo. Ojalá lleguen a entender que ello no tiene sentido o valor, que les conviene buscar otro camino. El punto de partida siempre es plantear la gran pregunta, por qué, a la que con mucha frecuencia no nos enfrentamos al estar en el cómo, dónde, cuánto… apoyando un modelo socioeconómico fracasado. Puede abrir caminos hacia otras formas de ser, de vivir.

-¿Cómo cambió tu actitud ante el tiempo?

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-Antes tenía una relación neurótica y malsana con el tiempo, lo veía como un recurso limitado. Siempre corría, cada vez más rápido, para aprovechar la explotación de ese recurso. Eso me llevó a una carrera contrarreloj, todo se convertía en un sprint de cien metros. El gran cambio fue cuando me di cuenta de que había llegado al punto de leerle cuentos a mi hijo con una lectura dinámica. A partir de ese momento empecé a repensar lo que era el tiempo y su significado. Ahora tengo una relación más fluida y sana, más elástica, no uso más reloj, no cuento los momentos, los minutos o segundos; en lugar de contarlos, los vivo. Y no trato de hacer lo más posible y rápido, sino hacer las cosas lo mejor posible. He revertido la ecuación, antes privilegiaba la cantidad a la calidad y ahora para mí la calidad reina.

-¿Eres puntual?

-Soy muy puntual. Es una cuestión de respeto: si no soy puntual, estoy quitando tiempo al otro, generando así una reacción en cadena. Si yo te quito tiempo, tú harás lo mismo con tu próximo entrevistado, etcétera. Para que todos podamos convivir la puntualidad es un elemento importante en el trato social. Es una cuestión de modales, de hacer las cosas bien. Además es un asunto cultural; soy anglosajón, vivo en Londres, la puntualidad británica es casi “sagrada”. A los ingleses les frustra mucho cuando van a España o a países latinos, donde la gente es muy impuntual, les genera estrés. Cuando gestiono mi tiempo, me hace falta un poco de estructura y disciplina. Hay que buscar un equilibrio.

-Lo preguntaba porque no usas reloj y pensaba “Carl tendrá sus trucos para el manejo del tiempo”.

-Tengo dos trucos. Uno es la puntualidad biológica; si me preguntas qué hora es, puedo decirte con bastante exactitud, con un margen de error muy pequeño. El segundo truco es mi teléfono móvil, que lo tengo en el bolsillo o en un bolso. Un reloj a la vista cambia la relación que tienes con el tiempo: provoca un poco de ansiedad, cuentas los segundos, te aceleras. Al principio, hace diez años, quitarme el reloj fue un experimento. Al segundo día me di cuenta que había cambiado mi relación con el tiempo en forma sana.

-De algún modo, hablas de saber organizarse.

-Es como el arte de la creatividad, por ejemplo. Para ser creativo, uno debe tener una cierta estructura, ciertos parámetros. Artistas de todas las disciplinas lo han reconocido: uno tiene que aprender los parámetros de la pintura, música, etcétera, para luego trascenderlos. Eso mismo sucede con el tiempo, necesitas cierta estructura, parámetros, para poder vivir con un espíritu más fluido y con mayor libertad. Suena paradójico, pero no lo es. Sin estructura sobreviene el caos. Esto de vivir lento, “slow,” implica una cierta autonomía, control del propio tiempo. Pero hay que evitar que esos parámetros o estructuras se vuelvan más importantes que la vida misma. Es la trampa en la cual muchos caemos porque la estructura termina siendo el pequeño dios ante quien nos ponemos de rodillas: la agenda o la estructura “manda”. Dentro de unas pautas, desarrollo autonomía temporal, fluidez con el tiempo, con calma, haciendo las cosas tranquilamente, bien, y disfrutándolas.

-Para ti, ¿cómo haces para diferenciar lo que es importante y lo urgente?

-No tengo una fórmula mágica, lo percibo internamente, hago mucho caso a lo que me dicen mis entrañas. Pienso en el largo plazo, ¿dentro de seis meses esta tarea habrá sido importante o no? No digo “urgente”. Si la respuesta es sí, es importante, le dedico el tiempo que merece. A menudo, ante las presiones cotidianas, las prisas de los demás, estamos contagiados por el virus de la prisa, no miramos hacia el horizonte, somos prisioneros en este momento y perdemos la visión más amplia y de largo plazo. Al surgirme una duda con respecto a una tarea, tomo un momento de reflexión. Hasta hoy no me he equivocado, he elegido bien entre lo importante y lo que no lo es.

-Confías en tu sabiduría interna.

-Sí, es un proceso interno, pero entiendo que cada persona, y me incluyo, es imperfecta. Podemos equivocarnos, entonces también le pregunto a un colega, a mi mujer, un amigo, para que me dé su opinión. Si no estoy ciento por ciento seguro, consulto a otro. Son dos dimensiones, una técnica que utilizo con dos etapas.

-Esto significa a veces saber decir no.

-Sin duda, gran parte de la revolución “slow” es reivindicar el arte de decir no, un arte perdido porque muchos tienen miedo a decir no y terminan diciendo sí a todo, cayendo en ese carrusel de estar hiperocupados, siempre corriendo. Decir no puede provocar miedo, ansiedad, incertidumbre… Es el precio que debemos pagar para vivir bien y recuperar ese arte de vivir. Fue una de las cosas que más me costó al principio reaprender.

-Empezabas a vivir tu propia vida y no la de otros.

-Claro, con esto volvemos a la palabra clave que es autonomía, al decirle sí a todos y a todo terminamos cediendo el control, sacrificándolo en el altar del miedo, por agradar a los demás. Hay una cita que me gusta mucho de Warren Buffett, el multimillonario norteamericano, que dijo una vez: “La gran diferencia entre las personas exitosas y las muy exitosas es que éstas dicen no a casi todo”. No quiero dejar la impresión de que este hombre es mi oráculo, pero es interesante el sentimiento que expresa.

-También hay que aprender a dar marcha atrás, en contra de la idea muy extendida de “tirar pa’lante”.

-Sí, eso le cuesta a la gente porque “dar marcha atrás” es casi una expresión peyorativa. “Ir para adelante” suena positivo, moderno, dinámico, y es una estupidez. Hay momentos en que conviene cambiar de rumbo porque nos hemos equivocado de camino o porque es más eficiente en el mediano y largo plazo. Es algo similar al tabú que existe contra la lentitud, hay que avanzar sí o sí. Decir que existe un solo rumbo me parece un infantilismo.

-Ir a por todas, cueste lo que cueste, está escrito en la cultura de la lucha.

-La lucha termina siendo un valor en sí mismo, simplemente el hecho de estar luchando parece significar hacer algo bueno. Culturalmente, tenemos que desafiar esa tiranía de creer que si algo implica mucho esfuerzo, lucha, dolor, sangre y sudor, es algo de mucho valor. En algunos casos puede ser verdad, pero en otros no. Ir corriendo, sacar adelante a toda costa, son términos que están muy presentes en la jerga de la calle y que generan un obstáculo mental, psicológico, aun cuando sentimos en los huesos que nos haría bien pisar el freno, retroceder. Y no lo hacemos por inercia o miedo, vergüenza, culpa, muchas razones estúpidas.

-En una sociedad de pocos responsables…

-Y cada vez más. No es un monopolio de este siglo, pero ahora hemos amplificado esa cultura. Se ve cada vez más en el mundo de los negocios, la economía. Si miramos lo que hicieron los bancos sin pagar ningún precio, los políticos… Los tenemos muy presentes y, gracias a las redes sociales y los medios de comunicación, todo ha salido a la luz. Esto provoca una cultura del cinismo, la sociedad piensa que el mundo es así y no lo podemos cambiar. “No me importa nada, sigo defendiendo lo mío y que los demás se vayan al diablo”, es un gran peligro perder la esperanza de poder cambiar el mundo y superar la falta de responsabilidad y ética. Se trata, digamos las cosas como son, de la cultura de impunidad. Lo que hemos visto en los mercados financieros, en Wall Street y la City de Londres, hace eco de la impunidad que se ve en los países más corruptos del mundo. A mi juicio, debemos seguir trabajando para que esto no continúe y cambiar los paradigmas, los modelos y la cultura.

-¿Sigues pensando que ser lento es ser optimista, a pesar de todo esto?

-Soy una persona genéticamente optimista. Quizá por ello me he comprometido con este trabajo, para elogiar la lentitud. Hay que ser optimista porque si miramos las dos caras de la moneda, la otra, la del “fast”, es un estamento muy poderoso, con tradición y cultura muy arraigadas. Admitamos que es muy fácil perder el optimismo frente a ese desafío.

-¿Cómo te nutres de optimismo?

-Con dos cosas. Por un lado, he vivido el cambio en mi vida personal. Entiendo que esto puede provocar una transformación a nivel individual, personalmente. Y por otro, por mi posición en el movimiento slow, recibo todos los días cartas, e-mails, llamadas telefónicas, por Skype, de gente que está triunfando con la lentitud, viviendo mejor con sus familias, en empresas, comunidades, colegios, etcétera. Cuando decae mi optimismo, siempre llega algún mensaje de un rincón del mundo diciendo “esto me ha cambiado mi vida” y cuenta cómo y por qué. Ello me llena de energía, de buenas vibraciones y ganas de seguir luchando.

-Has dicho alguna vez que la familia vacuna contra las prisas.

-La familia consiste en relaciones humanas y éstas no se pueden acelerar. Hemos podido impulsar con velocidad casi todo en el mundo, menos las relaciones afectivas; lo hemos intentado a través de las redes sociales, pero los vínculos humanos requieren tiempo y atención al otro. Por eso hoy día las personas no se enamoran más rápido que hace cien o doscientos años. Estos procesos tienen un tiempo universal que nunca cambia. La familia obliga a frenarnos, a ralentizar, y en este sentido funciona como una vacuna, inoculando contra el virus de la prisa. Se ve sobre todo en las culturas latinas, donde la familia ocupa un lugar más importante, céntrico, que en las culturas anglosajonas, más individualistas. Sé que también esto va cambiando en los países latinos, pero todavía ustedes lo han preservado más que nosotros, lo he vivido, viajo por allí. El volver a casa para charlar con la madre, pasar un rato con la abuela… esas cosas son lentas, no puedes conversar más rápidamente con tus seres queridos, no podemos escuchar más velozmente, ¡es imposible! Hay que conectar con la otra persona, armonizar con su ritmo de hablar para forjar una relación real, humana.

-¿Cómo te ven en tu familia?

-Vivimos esta filosofía todos los días. Mis hijos no tienen agendas abultadas, les controlamos el uso de pantallas electrónicas, pasamos mucho tiempo juntos y momentos lentos, charlando, comiendo, dando un paseo… Es algo que mis hijos han conocido y vivido. Pero ahora, como son adolescentes, empiezan a mirar a sus padres con un filtro un tanto escéptico e irónico. Si hago algo que puede parecer un poco rápido, me dicen “yo conozco un señor que dice…”. Saben muy bien como tomarme el pelo.

-¿Quién te ha inspirado últimamente?

-Una mujer, en Princeton (EE.UU.), que hace dos meses dejó un cargo importante para ser la directora de un colegio de Manhattan, de prestigio y con grandes recursos. Quiere transformarlo en un colegio slow. Es absolutamente increíble, fantástico, maravilloso. He sido una inspiración para ella a través de mi trabajo y contactó conmigo. Hace un mes nos conocimos en Brooklyn y pasamos un día charlando. En septiembre daré una charla a los empleados y los alumnos, y el mes próximo lo haré para los padres. Es genial tener un laboratorio de la educación lenta, sobre todo en un entorno como es Manhattan. Me llena de entusiasmo, estoy expectante de ver cómo va este tema en el mundo real.

-Tú también das charlas en escuelas en Londres.

-Sí, lo hago periódicamente en muchos colegios de Inglaterra, incluso en el Eton College, el más conocido del mundo. Allí tengo un contacto, Mike Grenier, housemaster, que es junto conmigo uno de los fundadores del movimiento Slow Education (Educación Lenta) y está experimentando con la filosofía slow en sus aulas. Eton es el non plus ultra, tiene mil años, formó 19 primeros ministros británicos. Están muy interesados en el tema de la lentitud. Últimamente, ese ámbito educativo está generando mucho optimismo, ganas y energía.

-¿La idea fundamental del movimiento slow se ha actualizado?

-Sigue siendo lo mismo: sin que se trate de hacer las cosas a paso de tortuga porque sería absurdo, significa hacer las cosas a la velocidad adecuada, correcta, conscientemente, con calma, calidad y cariño. Vivir plenamente.

-Y este mes tienes una novedad.

-Lanzo un podcast con entrevistas que he realizado a figuras interesantes en el mundo slow, que hacen cosas importantes en todos los ámbitos, el educativo, el tecnológico, el laboral…

-¿Compartes la idea de que hemos venido a este mundo para disfrutar?

-Estoy contigo plenamente, somos del mismo equipo.



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Stanislav Kondratiev
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