Pablo ha nacido en una familia acomodada, pero nada ha sido fácil ni cómodo en su vida. Tras estudiar administración de empresas en contra de su voluntad, solo para satisfacer a sus padres, los oscuros negocios de su familia le acaban llevando a un juicio en el que se niega a declarar falsedades para cubrirles.
Repudiado y desheredado por los suyos, sumado a unos hábitos cada vez más autodestructivos, aquel joven prometedor acaba apartado de todo y de todos. Vive en un viejo Golf y se alimenta de los alimentos caducados de los que se deshace un supermercado.
Cuando le roban el coche y se ve ya durmiendo en la calle, mientras está sentado en un banco frente a una casa en demolición, la capataz de obras se acerca a hablarle. Esta mujer amable, entrada en los sesenta, le hace una propuesta. Si quiere trabajar con ella como peón de obra, le enseñará los secretos del oficio además de ganarse un sueldo.
Atraído por la bondad de esta mujer, Pablo acepta el empleo, que implicará derribar la vieja casa e iniciar la construcción de una nueva. Lo que el joven no imagina es que en cada fase de los trabajos aprenderá algo fundamental para dejar atrás su pasado y construir su nuevo yo.
Una estatua de Buda que aparece misteriosamente en la obra cuando empiezan a poner los cimientos parece contemplar la transformación del joven albañil, que está aprendiendo lecciones fundamentales para el arte de vivir y dar lo mejor de sí mismo.

Este es el hilo argumental de “De albañil a Buda”, fábula de Pedro Cortés, publicada por Ikibooks.
Cortés pasó buena parte de su vida laboral en el mundo de la construcción. Tras veintiséis años en el sector y atravesar una crisis existencial, decidió darle un giro a su vida. Amante de la lectura y del desarrollo personal, se formó en varias escuelas de coaching y pasó por diversas terapias.
Se hizo profesional del copywriting y en la actualidad vive del turismo rural. Combina la construcción con el desarrollo personal para ayudar a nuevos emprendedores a aterrizar sus proyectos.
En “De albañil a Buda”, Cortés vincula de manera lúcida las distintas fases de derribo y construcción de una casa con el desarrollo de un ser humano para realizarse.
Lo concibió “después de un tiempo trabajando en mi reconstrucción interior, queriendo romper con todo e iniciar un nuevo camino”, dice, al darse cuenta de que “había estado toda mi vida reconstruyendo los hogares de los demás, pero sentía que no había reconstruido el mío”.
Compaginaba los trabajos de albañil, con formaciones en coaching, copywriting y teatro. Además, acababa de comprar una vivienda medio derruida, de unos doscientos años de antigüedad en un pueblo de Teruel, en la comarca del Matarraña, para montar una casa rural.
Recuerda que “me metí de lleno en el proceso, y mientras construía esa nueva casa, a la que llamé Libertad, nada más entrar, me reconstruí interiormente“.
En ese momento supo que también podía ser el albañil de su propia vida. “Empecé a ligar conceptos y a unir puntos y todo me cuadraba. Fue como un despertar, darme cuenta de que todo había estado ahí, al alcance de mis manos y hasta ese momento no lo había visto”.
La figura del mentor
Sobre el personaje de la capataz, explica que ella “es la persona que todos deberíamos tener cerca en algún momento de nuestra vida. La figura de una mentora o un mentor, de alguien que nos vea de verdad. Que nos haga ver las capacidades que poseemos, crea en nosotros y nos sirva para ganar confianza, seguridad, y nos ayude a crear nuestra propia vida”.
Esa ayuda debe llegar “ya que por nosotros mismos es más complicado -señala- debido a que, normalmente, la educación que recibimos no está basada en potenciar nuestras capacidades y trabajar el autoconocimiento, sino en resaltar las carencias y seguir a la mayoría para ser aceptados”.
Ese mentor “puede ser un familiar, un profesor, un amigo o un desconocido”, puntualiza, para añadir: “Si tenemos la suerte de haber tenido uno en nuestra vida, somos unos afortunados. Si no, podemos convertirnos nosotros en esa figura que puede ayudar a alguien, a que su vida sea mejor”.
Las lecciones que transmite ese personaje “se basan en su experiencia de vida y en hacer preguntas a Pablo para que le hagan pensar por sí mismo y él pueda hallar sus propias respuestas. Pienso que es la mejor manera de acompañar a una persona en un proceso de reconstrucción, como hacía Sócrates y otros filósofos que invitaban a pensar por uno mismo”, subraya.
Acerca del Buda que aparece en el relato, expresa que “simboliza la presencia, el momento presente. Cuando aparece, no saben el tiempo que lleva ahí, y cuando finaliza la obra, sigue en el mismo lugar, inmóvil, presente ante todos los acontecimientos y los cambios que han ocurrido”.
Además, cuando el protagonista de la fábula en un momento dado se para frente al Buda, al observar su mera presencia, le surgen reflexiones importantes que le sirven para su reconstrucción.
Ante la sensación de estar “derrumbados” o perdidos en la vida, Cortés comparte su propia experiencia, antes de reconstruirse: “En algunos momentos en mi vida, he pedido ayuda a un profesional. En otros, lo primero que he hecho ha sido parar. Parar y permitirme sentir que estaba derrumbado y perdido, intentando no juzgarme demasiado”.
También “tener claro que esa sensación era pasajera y que también pasaría. Cuando es así, en algún instante surge un movimiento natural de querer salir de ahí y empezar a reconstruirse. Es entonces, cuando aplico las leyes que comparto en el libro”.
“Todos podemos ser albañiles de nuestra propia vida y construir un hogar interior en el que vivir en paz”, afirma el autor.




