El pragmatismo de lo infinito

La última gran enseñanza de Carlos Castaneda

El 25 de octubre de 1996 quedó registrado como un hito para los buscadores de la consciencia en el mundo hispanohablante. En esa fecha exacta, el antropólogo y escritor Carlos Castaneda concedió una entrevista excepcional.

Durante décadas, Castaneda se había mantenido en el más absoluto y estricto anonimato. No permitía fotografías, no grababa su voz y evitaba difundir sus datos biográficos. Sin embargo, ese día de primavera austral, decidió abrir una ventana pública junto a sus compañeras de camino, Taisha Abelar, Carol Tiggs y Florinda Donner-Grau.

La decisión de abandonar el anonimato no fue casual. Castaneda y sus tres compañeras de aprendizaje llegaron a una conclusión unánime. El mundo cognitivo y práctico que les había presentado su maestro, el nagual Juan Matus, no era un secreto inalcanzable. Estaba, de hecho, al alcance de los medios perceptivos de cualquier ser humano.

Al debatir sobre cuál era el camino correcto, se presentaron dos opciones. La primera era mantener el anonimato sugerido originalmente por don Juan. La segunda era difundir activamente las enseñanzas. Esta última opción se presentaba como un camino inmensamente más peligroso y agotador. No obstante, el grupo decidió que era la única alternativa que poseía la dignidad requerida para honrar su legado.

Esta etapa pública no tenía un límite de tiempo definido. Los practicantes del chamanismo tolteca no operan bajo criterios temporales convencionales. Se mueven estrictamente bajo las premisas de su maestro.

Don Juan Matus fue un ejemplo viviente de coherencia. Castaneda lo describió como un hombre monolítico, un ser sin dos caras que actuaba con flexibilidad absoluta frente a cualquier circunstancia. Emular esa dualidad de firmeza y flexibilidad es una de las tareas más difíciles en este sendero de conocimiento.

En esta partida de ajedrez cósmico, el ser humano no es el jugador. El guerrero impecable se convierte en un simple conducto, en una ficha movida por una fuerza impersonal consciente llamada el Intento o el Espíritu.

Los críticos de Castaneda decían que su estilo de vida moderno no encajaba con la imagen preconcebida de un chamán tradicional.

Vivir el chamanismo en lugar de teorizarlo

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La obra de Castaneda ha despertado históricamente una enorme controversia. La antropología ortodoxa y los supuestos defensores del patrimonio precolombino han cuestionado constantemente su veracidad. Muchos sectores acusaron al autor de crear una ficción literaria excepcional. Otros le señalaron un doble estándar, argumentando que su estilo de vida moderno no encajaba con la imagen preconcebida de un chamán tradicional.

Ante estas suspicacias, Castaneda ofreció una respuesta contundente basada en los sesgos cognitivos de Occidente.

El sistema cognitivo occidental obliga a las personas a pensar a través de ideas preconcebidas. Todos los juicios se basan en conceptos establecidos de forma a priori. Se define “lo ortodoxo” desde el aula universitaria. Se asume de antemano que la conducta de un chamán consiste en ponerse plumas y bailar para los espíritus.

Castaneda fue acusado durante treinta años de inventar un personaje literario porque sus reportes fenomenológicos no coincidían con esas teorías académicas de escritorio. El mundo de don Juan Matus requería un campo de acción total, donde lo preconcebido simplemente no tiene lugar.

Para el escritor, es imposible llegar a conclusiones sobre el chamanismo mediante el simple estudio externo. Para comprender realmente este conocimiento se necesita adquirir una membresía activa en ese mundo.

Un sociólogo puede emitir juicios válidos sobre la sociedad occidental porque es un miembro activo de ella. En cambio, un antropólogo que pasa apenas un par de años estudiando una cultura ajena no puede alcanzar conclusiones fidedignas.

Adquirir una membresía real en un sistema cognitivo diferente requiere el esfuerzo de una vida entera.

Castaneda trabajó durante más de tres décadas en el sistema de los chamanes del México antiguo y, aun así, confesó con humildad que no sentía tener la membresía suficiente para proponer conclusiones definitivas.

El sistema de pensamiento moderno es impenetrable; los académicos asienten ante estas premisas, pero luego vuelven a aplicar sus métodos ortodoxos, perpetuando errores absurdos.

El gran antídoto contra el ego

Una de las preguntas más recurrentes para Castaneda era su negativa a dejarse fotografiar, grabar o biografiar. Muchos buscadores de la verdad argumentaban que conocer su identidad real serviría como una prueba de que su camino era transitable. Sin embargo, la razón detrás de este rechazo era puramente chamánica y práctica.

Don Juan Matus instruyó firmemente a sus discípulos a abstenerse de dar datos personales. El objetivo principal de esta regla es borrar la historia personal.

Para los chamanes, alejarse del “yo” es una tarea sumamente engorrosa y compleja. Lo que se busca activamente es alcanzar un estado de fluidez total donde el yo personal deje de contar.

La sociedad moderna está obsesionada con las fotografías, los datos biográficos y las grabaciones. Todas estas herramientas son hijas de la importancia personal, el gran mal que alimenta el ego de forma constante.

Don Juan explicaba que es mucho mejor no saber nada sobre un chamán. De este modo, en lugar de interactuar con un individuo lleno de problemas psicológicos y vacío de ideas, el buscador se encuentra con una idea sostenible.

En el mundo cotidiano, las personas suelen estar repletas hasta el tope de su propio “yo, yo, yo”. Al disolver la historia personal, el practicante se libera de la necesidad de mantener su autoimagen frente a los demás, ahorrando una cantidad inmensa de energía que puede ser redirigida hacia la percepción de lo desconocido.

El objetivo real del chamanismo no es la iluminación abstracta, sino el engrandecimiento de la conciencia de ser.

Las “agallas de acero” del guerrero

En la entrevista, se le planteó a Castaneda una definición convencional de “espiritualidad”: un estado de conciencia donde el ser humano controla las potencialidades de la especie y trasciende su condición animal mediante el entrenamiento psíquico y moral. La respuesta del autor fue tajante y desmitificadora.

Para don Juan Matus, la “espiritualidad” no era más que una idealidad vacía. Era una aserción sin ningún fundamento real. Este concepto resulta sumamente atractivo para el hombre moderno porque está adornado con expresiones poéticas y giros literarios hermosos, pero jamás pasa de ahí.

La espiritualidad occidental funciona como una descripción de algo imposible de lograr bajo los patrones del mundo de todos los días; no es un modo vivo de actuar.

El guerrero tolteca la utiliza en muchas ocasiones simplemente para oponerla al mercantilismo de la vida diaria, llamando “espiritualidad” a su deseo de alejarse de lo mercenario, sin saber realmente qué define ese término.

En contraste, los chamanes son seres esencialmente prácticos. Su camino se define por un pragmatismo ilimitado.

Para ellos, no existe un mundo de fantasía mística, sino un universo predatorio donde la inteligencia y la consciencia de ser se forjan a través de desafíos continuos de vida o muerte.

Don Juan se definía a sí mismo como un navegante del infinito. Sostenía que para adentrarse en lo desconocido se requiere una cordura sin medida y unas verdaderas agallas de acero.

El objetivo real del chamanismo no es la iluminación abstracta, sino el engrandecimiento de la conciencia de ser. Esto significa desarrollar la capacidad de percibir con todas las potencialidades humanas disponibles, una labor descomunal que requiere un propósito sin medida y una disciplina de hierro que la espiritualidad convencional no puede proveer.

El misterio del punto de encaje y la percepción de energía

La base del conocimiento tolteca radica en una premisa fundamental: los seres humanos somos, antes que nada, perceptores de energía.

De acuerdo con las enseñanzas de don Juan, el universo está compuesto por emanaciones de energía que fluyen constantemente. Los chamanes poseen la capacidad de percibir esta energía de forma directa.

Cuando un chamán “ve” a un ser humano directamente como energía, percibe una bola luminosa o huevo luminoso. Dentro de este campo energético, existe un punto de gran brillo que se localiza a la altura de los omóplatos, aproximadamente a un metro de distancia por detrás de ellos. Este punto es denominado por los chamanes como el punto de encaje. Es en este lugar específico donde se realiza la percepción humana.

La energía que fluye en el universo pasa por este punto y se transforma en datos sensoriales, los cuales posteriormente interpretamos para construir el mundo que consideramos real en nuestra vida cotidiana.

El gran secreto del sistema cognitivo común es que se nos enseña a interpretar y, por lo tanto, se nos enseña a percibir de una única manera.

Para un hombre del siglo XXI, el valor pragmático de percibir la energía directamente es idéntico al de cualquier otra época. Permite romper los parámetros de la percepción cotidiana e histórica.

Al mover el punto de encaje, el ser humano amplía de forma extraordinaria los límites de su percepción, pudiendo contemplar la maravillosa inmensidad del orden y el caos del universo.

Para comprobar la existencia de estas “realidades aparte” no se puede utilizar el intelecto de manera diletante. La única vía es prestar el cuerpo entero y alcanzar un estado de conciencia acrecentada.

Tensegridad, la democratización de los pases mágicos

Uno de los aportes más prácticos de la última etapa de Carlos Castaneda fue la presentación de la Tensegridad. Esta disciplina física consiste en una serie de movimientos corporales diseñados para acumular energía y bienestar.

Según explicó Castaneda, los chamanes de la antigüedad en México descubrieron una serie de movimientos corporales que les permitieron alcanzar un desarrollo físico y mental de gran magnitud. A estos movimientos los llamaron pases mágicos.

Mediante su ejecución, dichos chamanes entraban en estados de conciencia acrecentada que les facilitaban proezas perceptivas asombrosas. Durante generaciones, estos pases fueron transmitidos bajo el más estricto secreto y a través de complejos rituales, limitándose únicamente a los iniciados del linaje. Don Juan los aprendió de esa manera y los enseñó exclusivamente a sus cuatro discípulos.

Sin embargo, debido a las condiciones de la era moderna, Castaneda y sus compañeras decidieron democratizar este conocimiento. Tomaron estos movimientos, que originalmente eran individuales y específicos para cada discípulo, y los sistematizaron en movimientos genéricos aplicables a cualquier persona. Así nació la Tensegridad.

Practicada de forma individual o colectiva, esta disciplina promueve la salud, la juventud, el vigor y el bienestar general. Su función más profunda es ayudar a acumular la energía necesaria para expandir la percepción y acrecentar la consciencia. Es, además, una vía indirecta para que cualquier persona interesada pueda formar parte de la visión guerrera.

Navegar ante lo inevitable

El camino del guerrero tolteca presentado por Carlos Castaneda no ofrece consuelos fáciles ni falsas promesas de salvación espiritual. Es un sistema de un rigor absoluto que confronta de manera directa con nuestra realidad existencial. En este sendero, las relaciones humanas comunes, basadas en inversiones emocionales inconscientes donde siempre se espera reciprocidad, se desmoronan bajo el peso de la práctica impecable.

El verdadero núcleo de este pragmatismo es la aceptación plena de nuestra propia mortalidad.

Para los chamanes toltecas, la consciencia de la muerte no es un motivo de tristeza o desesperación, sino la herramienta pragmática más poderosa que poseemos. Al tomar en cuenta de manera cabal esta situación inevitable, el drama cotidiano se desvanece. Es en ese preciso instante de aceptación absoluta donde todo lo que hacemos adquiere, finalmente, una verdadera medida y un orden trascendental.



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Stanislav Kondratiev
de Unsplash