Del miedo a la libertad

El viaje hacia nosotros mismos

María Garriga Domínguez
Facilitadora de procesos personales y autora

Imagina una situación muy sencilla. Tu pareja te dice que el sábado ha quedado con unos amigos. Le respondes con naturalidad: “Claro, pásalo bien”. Y lo dices de verdad.

Quieres que disfrute. No pretendes controlar su vida. Incluso te parece estupendo que tenga sus propios espacios.

Pero unos minutos después notas algo. Una pequeña incomodidad. Quizá cierto nerviosismo en el estómago. Aparece un pensamiento: “Últimamente parece que le apetece más estar con ellos que conmigo”. Después otro: “No debería sentirme así”.

Intentas quitarle importancia. No quieres ser una persona dependiente, celosa o posesiva.

Pero tu mente continúa trayendo pensamientos. Algo se ha movido dentro de ti.

¿Amas a tu pareja? Probablemente sí. ¿Puede haber miedo al mismo tiempo? También.

Esta aparente contradicción contiene, para mí, una de las claves más interesantes del conocimiento de nosotros mismos: podemos amar y tener miedo simultáneamente. De hecho, nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestras conductas pueden moverse de un extremo a otro mientras aquello que origina el miedo continúa activo en nosotros.

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Una parte dice: “Quiero que disfrute, no necesito que esté siempre conmigo”.

Otra pregunta: “¿Y si prefiere estar con ellos?”. Y todavía puede aparecer una tercera: “No quiero sentir esto. Tengo que dejar de ser dependiente”.

Podemos amar y tener miedo simultáneamente. Nuestros pensamientos, emociones y conductas pueden moverse de un extremo a otro mientras aquello que origina el miedo continúa activo en nosotros.

Pero incluso ese último pensamiento puede contener miedo y amor al mismo tiempo. Amor hacia nosotros mismos porque queremos relacionarnos de una forma más libre y dejar de sufrir. Y miedo porque quizá también tememos que nuestra dependencia termine dañando la relación.

Nos movemos: del miedo al amor. De la necesidad a la libertad. Y de nuevo al miedo.

Y quizá llevemos siglos intentando comprender precisamente este movimiento, aunque hayamos utilizado lenguajes muy diferentes para explicarlo.

Distintos lenguajes para observar
una misma experiencia humana

La biología nos habla de protección y crecimiento. Nuestro organismo dispone de mecanismos extraordinarios para responder ante aquello que interpreta como una amenaza.

Ante el peligro, la respuesta de estrés moviliza recursos para protegernos; cuando esa activación se mantiene, otros procesos relacionados con el crecimiento, el mantenimiento y la recuperación pueden verse comprometidos.

En cambio, cuando percibimos seguridad, el organismo no necesita sostener permanentemente esa respuesta defensiva y puede recuperar regulación y equilibrio.

Resulta difícil no encontrar aquí un paralelismo interesante. Cuando no percibimos peligro podemos vincularnos, explorar, crear, disfrutar. Pero basta con que aparezca el miedo para que una parte de nosotros comience a protegerse.

Y no necesitamos tener un depredador delante para sentirnos amenazados. Podemos temer ser abandonados. Fracasar. Equivocarnos. Decepcionar. No pertenecer. Perder aquello que amamos. No ser suficientemente importantes para alguien.

La psicología ha observado también cómo nuestras experiencias y aprendizajes van configurando formas de pensar, sentir y reaccionar que pueden terminar automatizándose.

La teoría del apego, por ejemplo, estudia cómo la seguridad o inseguridad construida en nuestros primeros vínculos puede seguir influyendo mucho después en la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y nos relacionamos con los demás.

Y entonces podemos dejar de percibir esas respuestas como aprendidas.

Las llamamos “yo”.

“Yo soy inseguro”. “Yo soy controlador”. “Yo necesito tenerlo todo organizado”. “Yo soy así”.

Denomino ego preprogramado o personalidad aprendida a esa parte de nosotros construida a partir de lo adquirido, especialmente durante nuestros primeros años de vida: miedos, heridas, creencias, necesidades y formas automatizadas de responder que terminamos experimentando como nuestra identidad.

Y resulta fascinante descubrir que este movimiento entre aquello que nos condiciona y la posibilidad de trascenderlo aparece también, con lenguajes y significados diferentes, en conocimientos y tradiciones muy anteriores a nosotros.

Hace siglos que el budismo sitúa el deseo ansioso, el aferramiento y la aversión entre las raíces del sufrimiento, pero no se detiene ahí: plantea también la posibilidad de cesar ese sufrimiento mediante un camino de transformación que conduce hacia la liberación.

Spinoza habló de la servidumbre humana para describir cuánto pueden gobernarnos los afectos y las causas externas. Pero su recorrido tampoco termina en la servidumbre: termina preguntándose por la libertad humana.

Epicteto, desde otro lugar, colocó precisamente nuestra capacidad de elección en el centro de su reflexión sobre la libertad.

No están diciendo exactamente lo mismo. Sus conceptos no son intercambiables. Tampoco necesitamos que lo sean.

Pero quizá sí podamos preguntarnos si todos ellos han observado, desde lugares distintos, partes de un movimiento profundamente humano: desde la protección hacia la seguridad; desde la inseguridad hacia una mayor autonomía; desde el aferramiento hacia la liberación; desde la servidumbre hacia la libertad.

Y quizá, detrás de todos esos lenguajes, siga apareciendo una misma pregunta: ¿cuánto de lo que hacemos estamos realmente eligiéndolo?

Podemos comportarnos libremente sin sentirnos libres

Volvamos a nuestra mujer del sábado. Ha llegado el día. Su pareja se marcha con sus amigos. Ella no protesta. No intenta impedirlo. No lo llama constantemente. No le pregunta dónde está ni a qué hora volverá. Incluso decide aprovechar la tarde para hacer sus cosas.

Desde fuera podríamos concluir que se comporta como una persona independiente. Pero por dentro continúa el movimiento.

Mira el móvil. Intenta concentrarse. Se dice que no pasa nada. Quizá incluso se repite que una relación sana necesita libertad y que ella tiene que aprender a ser menos dependiente.

Y todo eso puede ser cierto. De hecho, es lo que ella quiere incorporar a su forma de ser: una personalidad más adulta, más madura, más sabia.

El problema es que, por debajo de esa nueva conducta, su estómago continúa encogido.

Entonces quizá haya conseguido controlar su conducta, pero todavía no ha conseguido elegir íntegramente cómo vivir esa experiencia.

Porque saber racionalmente cómo queremos actuar no hace desaparecer necesariamente aquello que sentimos de forma profunda.

Podemos conocer perfectamente la respuesta que consideramos adecuada y seguir necesitando realizar un enorme esfuerzo interior para sostenerla.

Y control no es lo mismo que libertad.

Nuestro recorrido emocional no suele avanzar en línea recta. Se parece mucho más a una espiral.

En lugar de controlar lo que sentimos, podemos escucharlo

¿Qué sucedería si esta mujer dejara por un momento de intentar convencer a su mente?

Puede cerrar los ojos y dirigir suavemente la atención hacia esa sensación del estómago. Sin obligarse a encontrar nada. Sin intentar construir una explicación. Simplemente sintiendo.

¿Qué hay aquí? ¿Qué temo? ¿Qué me está diciendo esta sensación?

Quizá aparezca un recuerdo de una relación anterior. Una tarde en la que sintió algo muy parecido. No necesita analizarlo. Puede permanecer sintiendo.

Y quizá esa misma sensación la conduzca después hacia otra experiencia pasada. Y otra. Porque el presente ha dejado al descubierto un hilo emocional que podemos ir recorriendo hacia atrás.

Algunas serán perfectamente reconocibles. Quizá incluso recuerde que fue precisamente después de una determinada relación cuando decidió que nunca volvería a mostrarse tan dependiente.

Pero si continúa siguiendo ese hilo emocional sin forzarlo, pueden empezar a aparecer experiencias mucho más antiguas.

Tal vez recuerde momentos de su infancia en los que sintió que alguien importante para ella prefería estar en otro lugar. O que no estaba disponible cuando lo necesitaba. Quizá aparezca su padre. Su madre. Un hermano. Sus abuelos.

O quizá no aparezca nada de eso.

No necesitamos inventar un recuerdo ni obligarnos a encontrar una supuesta escena original. Sólo el hecho de mantenernos sintiendo lo que el cuerpo revela resulta altamente sanador y esclarecedor.

Pero sentir no es alimentar.

Si mientras sentimos continuamos incorporando pensamientos de miedo, rabia, culpa o impotencia que vuelven una y otra vez sobre lo sucedido, podemos mantener activa la misma experiencia que intentamos liberar.

La propuesta es más sencilla y, a veces, mucho más difícil: permitir que duela sin añadir más miedo al dolor.

Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen también sus propios ritmos. Hay experiencias que podemos recuperar y otras a las que quizá todavía no podamos acceder. Por eso profundizar no significa excavar de forma imperiosa en nuestro pasado, sino permitir que aquello que está disponible pueda ir apareciendo.

A veces descubriremos así algo extraordinario: experiencias exteriormente muy diferentes pueden estar unidas por una emoción prácticamente idéntica.

Mi pareja sale con sus amigos. Otra pareja tardaba en contestarme. Una amiga eligió a otra persona. Mi padre se marchaba cuando yo quería que estuviera conmigo.

Las circunstancias cambian. La emoción se reconoce.

Y quizá, en algún momento de nuestra historia, algo en nosotros aprendió:

Si alguien importante prefiere estar en otro lugar, significa que no soy suficientemente importante para él.

Comprender no basta

Podemos llegar hasta aquí y entender perfectamente de dónde procede nuestra reacción. Pero comprenderlo intelectualmente no hace necesariamente que desaparezca.

Podemos decirnos: “Aquello ocurrió hace treinta años. Mi pareja no es mi padre. Sé que me quiere”. Y continuar sintiendo el estómago encogido.

Por eso, en mi propuesta existe otro paso fundamental: la liberación emocional.

No consiste únicamente en recordar. Tampoco en recrearnos indefinidamente en el dolor. Consiste en permitirnos sentir aquello que una determinada experiencia despierta en nosotros mientras podemos comprenderla desde los recursos y la perspectiva que tenemos hoy.

Aquello que en otro momento vivimos como abandono, desvalor, impotencia o miedo puede volver a sentirse y empezar a integrarse de otra manera. No para cambiar el pasado o permanecer en él. Para que el pasado deje de necesitar repetirse emocionalmente en el presente.

Y ese proceso puede necesitar muchas vueltas. Una experiencia nos lleva a otra. Liberamos una capa y aparece otra. Creemos haber comprendido algo y una nueva situación nos muestra que todavía queda miedo, necesidad o dolor. O que una misma experiencia aparece desde ángulos emocionales totalmente distintos.

Nuestro recorrido no suele avanzar en línea recta. Se parece mucho más a una espiral.

¿Cómo sabemos que algo realmente ha cambiado?

No necesariamente porque hayamos encontrado el recuerdo perfecto. Ni porque podamos explicar brillantemente por qué somos como somos.

La señal es mucho más sencilla.

Nuestra mujer vuelve a encontrarse un sábado ante la misma situación. Su pareja le dice que ha quedado con sus amigos. “Claro, pásalo bien”. Y esta vez no necesita repetirse nada.

Su estómago está tranquilo. Su mente también.

Confía en el amor de su pareja y, al mismo tiempo, confía en su propia autonomía emocional.

Él puede estar disfrutando con sus amigos y ella puede estar disfrutando de sí misma y de su propia vida. Cuando vuelvan a encontrarse compartirán lo vivido. Ya no necesita darle libertad.

Ambos son libres.

Y ahora sí aparece algo que antes solo existía parcialmente: la elección.

Puede abrazarlo o no abrazarlo. Puede pasar la tarde sola o llamar a una amiga. Puede ayudar o decidir que hoy no quiere hacerlo. Puede decir sí. Puede decir no.

Ya no necesita que cada conducta confirme que es buena, cariñosa, independiente, generosa o comprensiva.

Simplemente puede responder a lo que siente y a lo que está ocurriendo ahora.

La mente se calma porque ya no tiene nada que resolver

Comportarnos de la manera que consideramos más amorosa no significa necesariamente que hayamos dejado atrás aquello que nos hacía actuar desde el miedo.

Si para darle libertad al otro todavía tenemos que controlar lo que sentimos, continúa existiendo dentro de nosotros una necesidad que pide ser escuchada.

La transformación llega cuando ya no necesitamos controlarnos para actuar con libertad. Cuando aquello que dolía ha podido sentirse y liberarse, la conducta deja de necesitar esfuerzo.

No tenemos que recordarnos que debemos confiar. No tenemos que obligarnos a vivir el presente. No tenemos que aplicar una técnica para detener nuestros pensamientos.

La mente se calma porque ya no tiene nada que resolver.

Y quizá ésa sea una de las diferencias más profundas entre controlar nuestra personalidad preprogramada y empezar verdaderamente a liberarnos de ella.

Necesitamos libertad para vivir desde lo que sentimos en cada instante, y también confianza.

Del miedo al amor. De la necesidad a la libertad

Cuando profundizamos debajo de muchas de nuestras necesidades aparece con enorme frecuencia el miedo. Controlamos porque tememos. Retenemos porque tememos. Nos aferramos porque tememos perder.

Pero al liberar esos miedos no nos convertimos en personas indiferentes.

Seguimos amando, pero necesitamos menos retener. Seguimos ayudando, pero necesitamos menos ser imprescindibles. Seguimos relacionándonos, pero necesitamos menos que los demás sean de determinada manera para poder estar bien nosotros.

Quizá trascender no consista entonces en convertirnos en otra persona, sino en ir liberándonos de aquello que fuimos necesitando incorporar para sentirnos seguros, queridos o valiosos.

Y aquí resulta especialmente interesante volver a la biología.

Cuando desaparece la amenaza, nuestro organismo no necesita aprender a regularse: al dejar de sostener permanentemente la respuesta de estrés puede recuperar regulación y equilibrio.

¿Y si en otros niveles de nuestra experiencia ocurriera algo parecido?

Quizá la confianza, la libertad o nuestra capacidad de amar no sean únicamente cualidades que tengamos que aprender a incorporar, sino también algo que puede ir apareciendo espontáneamente a medida que dejamos de necesitar protegernos desde el miedo.

La psicología ha observado cómo nuestros primeros vínculos pueden condicionar nuestra forma de relacionarnos; el budismo habló del sufrimiento, el aferramiento y la posibilidad de liberación; Spinoza, de servidumbre y libertad; Epicteto, de elección.

No están describiendo exactamente el mismo camino. Pero quizá todos hayan observado alguna parte de un viaje profundamente humano: el que hacemos desde aquello que nos condiciona hacia una libertad cada vez mayor para vivir desde nosotros mismos.

Yo he terminado llamando plenitud a la dirección de ese viaje.

No es felicidad permanente. No es dejar de sentir miedo, dolor, tristeza o frustración. Es sentirnos cada vez más llenos de nosotros mismos y de nuestra propia vida.

Y para ello necesitamos libertad para vivir desde lo que sentimos en cada instante, pero también confianza para hacerlo sin permanecer condicionados por el miedo a lo que pueda ocurrir, sabiendo que podremos atravesar también aquello que duela.

Para mí, personalmente, ese viaje tiene además una dimensión espiritual.

Cuanto más profundamente lo recorro, más se acerca a aquello que llamo Dios o Consciencia Universal.

Otra persona puede hacer el mismo recorrido sin utilizar jamás esas palabras. Puede llamarlo autoconocimiento. Libertad. Confianza. Amor. O simplemente aprender a vivir desde sí misma.

No necesitamos decidir que todos esos lenguajes significan exactamente lo mismo. Quizá baste con observar que, desde lugares y épocas diferentes, seguimos haciéndonos una pregunta profundamente humana: ¿quién está viviendo mi vida? Y quizá la libertad empiece precisamente cuando dejamos de responderla desde aquello que aprendimos que teníamos que ser y empezamos, poco a poco, a descubrir quiénes estamos siendo en cada momento.



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Stanislav Kondratiev
de Unsplash