Aurelio Álvarez Cortez
La espiritualidad, más allá de cómo la entendamos, es un factor de protección para nuestra salud, tanto física como emocional. Tal vez sea una de las conclusiones más atrayentes que escuchamos en el diálogo que mantuvimos con Noelia Samartin Veiga. Al referirse a los distintos conceptos que expone en su libro “Has venido a vivir” (Editorial Penguin), esta especialista en neurociencia y psicología clínica desarrolla investigaciones sobre los hábitos saludables, que integran infinitas listas de consejos y recetas en la búsqueda del bienestar que se convierten en una obligación más, tanto que nos estresa.
De este modo cuestiona aquello que se ha impuesto, proponiendo bajar la autoexigencia, silenciar el ruido externo y reconectar con lo que de verdad importa. Como ella dice, sin presión ni demandas imposibles, “solo siendo tú, porque has venido a vivir”.
-¿Elegimos hábitos saludables que integran una lista infinita de consejos que nos llegan a través de los medios y las redes, o simplemente los obedecemos?
-Un poco las dos cosas. No podemos existir sin tener en cuenta nuestro contexto, más siendo animales gregarios que vivimos en una comunidad y que nos vemos influidos por ella. Estamos genéticamente diseñados para que sea así. Lo que llamo “modelo neoliberal de adquisición de hábitos” opera en este contexto y nació en donde una política de neoliberal y el capitalismo empezaron a crecer en los países donde también estaba progresando la psicología. De este modo, hicieron como una especie de match.
Los modelos neoliberales son aquellos que ponen en el individuo toda la responsabilidad, y esto no significa que tenga el poder de decisión. Creemos que decidimos nosotros, pero evidentemente el catálogo ya existe. Elegimos de él. También es verdad que el catálogo procede de una investigación. Evidentemente muchos estudios nos dicen que la actividad física, tener una vida social activa, es bueno para la salud.
El problema de la ciencia es que tú necesitas separar en variables, pero tu vida es muchísimo más compleja. Tienes un contexto específico, un aprendizaje específico, unos gustos específicos, y quizás en los estudios estamos viendo el esquema desde un desde un ojo muy pequeñito, con una sola variable y una consecuencia, sin tener en cuenta todo el esquema.
Es lo que intento hacer reflexionar. No se trata de “quiero esto y hago esto”, sino de cómo estás, cómo es tu contexto. Y luego qué escoges.

-¿Es errónea la creencia, muy extendida, de que para la formación de un hábito se necesitan veintiún días?
-Cuando el resultado de estudios científicos se comunica al público, se transmite una idea general, pero esta no puede ser consecuencia de un hecho muy específico.
Lo que se encontró en ciencia a este respecto es que muchos hábitos se pueden generar a los veintiún días, pero no son la mayoría. El tiempo que lleva generar un hábito depende del esfuerzo que demanda y también de la fricción que vaya a tener en tu entorno, en tu contexto, y de la afinidad que tú tengas, lo que te guste ese hábito.
Se necesitan entre dieciocho y hasta casi doscientos días de adquisición. El problema es que, si vamos con la expectativa de los veintiún días, cuando fallas al día cuarenta te planteas “para qué voy a seguir si ya debía haber funcionado y no funcionó”.
El desconocimiento está tan extendido porque el tema interesa. Y tú estás todo al rato consumiendo y buscando.
-¿Qué es el síndrome de Estocolmo de los hábitos?
-Lo he bautizado así para para que sea bastante visual. En consulta veo a personas que sienten que los hábitos de vida saludable que hacen fuera de su trabajo son otro trabajo. Tienen tantas expectativas y deberes que sienten que deben hacer, pero a la vez esos hábitos los estresan, entonces no están haciendo del todo bien.
Muchas veces no diferenciamos el ser del hacer. Y esto nos viene desde la infancia. Si eras un niño muy estudioso y te decían “qué listo eres” porque aprobabas todo, entendiste que ser listo va a estar condicionado a que tú hagas bien los exámenes. Llevado a los hábitos, si una persona saludable corre treinta minutos al día y deja de hacerlo, automáticamente siente que pierde esa cualidad.
Por otra parte, las expectativas. Necesitamos todo el tiempo tener un control, por así decirlo, de lo que va a suceder. Por lo tanto, el hecho de tener una rutina y predecirla a nuestro cerebro le da mucha tranquilidad, por eso realmente la rutina es buena. Pero si la rutina no está ajustada, el cerebro se estresa.
Hay un error de predicción que pone al cuerpo en activación para favorecer el aprendizaje. A menudo, esta expectativa tan inflexible que tenemos, por ejemplo, la de los veintiún días de hábitos, se vuelve en nuestra contra y nos aferra a la creencia de “si suelto este hábito, dejo de ser parte de mi identidad”.
No somos conscientes de este secuestro y de que el hábito al que nos aferramos con absolutamente todo quizás no lo necesitamos sostener de tal manera.
-También señalas que está desactualizado el famoso dicho “si quieres, puedes”. ¿Por qué?
-Con el auge de la neurociencia, que está muy de moda y es un campo de estudio que en los últimos diez años registró un avance brutal con las técnicas de neuroimagen, hay una tendencia a lo biológico y lo individual. Parece que la biología lo explica todo, apuntando a la responsabilidad del individuo para su propio bienestar. Y esto genera mucha culpa.
En psicología vemos que tú estás en un contexto y puedes controlar ciertas variables, pero no la mayoría. Debemos tener esto en cuenta también cuando hablamos de hábitos. No es lo mismo que una persona tenga una rutina si acaba de ser mamá o papá, o termina de mudarse al centro de una ciudad, o ha perdido el trabajo, o empezado uno nuevo, a que tenga estabilidad o poca carga a nivel de cuidados hacia otra persona.
Frecuentemente se nos olvida y nos comparamos con modelos que no son asumibles en nuestra propia realidad.
-Recuerdas que el bienestar está en las pequeñas cosas que ya estamos haciendo.
-La vida no es tan complicada. Se nos ha olvidado lo esencial porque estamos demasiado estimulados desde fuera. Hay mucha expectativa.
Miro el teléfono móvil y tengo cincuenta posibilidades de hacer algo. Me quedo un poco en el fallo, porque no estoy escogiendo “la que debería”. En vez de reconocer qué me apetece. ¿Vivir la quietud, meditando, lavando los platos, rezando como mi abuela o yendo a pasear por el campo? Habitualmente nos complicamos, sin advertir que la respuesta la tenemos en el propio cuerpo, la propia necesidad.
Nuestro cuerpo nos está hablando todo el tiempo mediante sensaciones. Por ejemplo, la sensación de sed nos dice que estamos deshidratados o cerca de estarlo. En el cuerpo tenemos abundante información sobre lo que necesitamos, pero como estamos tan volcados hacia afuera con tantos estímulos, no dejamos espacio para ello.
Antes la vida, si algo tenía de bueno, era que el mundo iba mucho más despacio. Había esos huecos para aburrirnos y escucharnos. Ahora mismo debemos obligarnos a echar el freno para poder tenerlos.

-Hablas de un bosque, del bosque que somos.
-Me refiero a cómo vio Ramón y Cajal el sistema nervioso. Lo equiparó a un bosque neuronal.
Antes se creía que el cerebro era el centro de las sensaciones, de las emociones, de cómo percibimos la realidad y cómo funcionamos, lo que es la base para generar los hábitos después. Pero hoy en día se sabe, y cada vez hay más evidencia, que no tenemos una mente y un cuerpo separados, sino que todo funciona como un organismo completo. Pensamos que la toma de decisiones era solamente mediante la función cerebral, pero depende de cómo está funcionando el latido del corazón, si estás en la contracción o en la dilatación.
Es muy curioso, porque esto ya lo decían antiguamente, por una corazonada, y nunca mejor dicho.
Somos un bosque y la información viene de absolutamente todas las partes de nuestro cuerpo. Este es el problema de la racionalización del modelo biomédico. Nos centramos en la parte que podemos observar, en lo que podemos medir, pero hay otra parte que está ahí, que también existe y juega un papel, pero aún no la podemos traducir a datos científicos. Eso no significa que no esté influyendo.
-Alguien te dijo mientras escribías este libro que vivir sin reloj es una elección diaria. ¿Qué aporte tiene esta frase, este principio, en el marco de la sencillez, uno de los cuatro pilares para recuperar el equilibrio vital que tú presentas?
-La vida ha cambiado muy rápido y nuestro cuerpo no evolucionó lo suficientemente rápido para mantener el tiempo de vida que tenemos ahora. Nuestro cuerpo está diseñado para responder a variables del entorno porque somos animales. Y respondemos a la luz, a las estaciones, etcétera. No respondemos a un reloj. Sin embargo, lo hacemos para absolutamente todo, nos adaptamos, y en definitiva eso tiene consecuencias para nuestro organismo.
Antes no existía la capacidad de producción que tenemos ahora. Incluso nos sentimos culpables por descansar. No tenemos períodos de descanso. Con patrones de trabajo muy establecidos en la semana, de repente el sábado y el domingo pisamos el freno. Entonces nuestro cuerpo no entiende este patrón de horarios, que lo pone la sociedad, y debemos asumir que vivimos aquí.
Hay personajes como este que me encontré escribiendo el libro, que decidió vivir sin reloj. Es totalmente respetable, y no lo digo para copiarle, pero sí para reflexionar acerca de hasta qué punto estamos obedeciendo y no eligiendo los horarios. Nos adaptamos y asumimos una normalidad que realmente no es biológica. Es contextual.
Hemos decidido esto para funcionar, pero sepamos que implica un coste para el cuerpo. ¿Cómo puedo compensarlo en mi agenda con momentos de descanso, momentos que debo priorizar no como un regalo, sino como una necesidad que tiene mi cuerpo de descansar?
-También comentas sobre la posibilidad de mejorar la capacidad de interpretar lo que sentimos, y además afirmas que la emoción afina la razón.
-Cuando estamos en piloto automático y tenemos tantas cosas que hacer, olvidamos beber, comer, ir al baño, parar…
Esos huecos ayudan a interpretar las señales del cuerpo que nos hablan de necesidades, tanto a nivel emocional como a nivel de sensación.
En relación con la toma de decisiones, que depende más de la emoción que de la razón, se ha demostrado a nivel neurocientífico.
En la percepción que tenemos, en todos los estímulos que recibimos, siempre hay un componente emocional previo a la parte racional. Todo posee siempre ese filtro emocional que normalmente intentamos ignorar pero que nos da muchísima información, muy valiosa, que necesitamos para poder decidir.
-En otro pilar, el de la coherencia, desarrollas un tema, el de nuestra brújula, que no es perfecta ni neutral.
-Es la identidad, un concepto muy complejo. ¿Quién eres? Nuestra identidad y quiénes somos o cómo nos percibimos, se crean desde el desde el inicio, desde los genes, pero luego vienen el ambiente, el aprendizaje, las etiquetas que nos dan todas las personas con las que nos cruzamos, sobre todo en nuestra infancia.
Luego se suman los valores, aquellas prioridades que tú necesitas tener en cuenta en la vida para tomar decisiones en coherencia contigo mismo.
La coherencia es un pilar muy bonito porque es un viaje para saber qué es tuyo, qué se te ha dado.
También es importante a la hora de hacer hábitos, porque no es lo mismo lo que vas a priorizar en tu adolescencia, que en tu adultez temprana o en la jubilación.
-El placer, un pilar más, al que hay que habitar, según indicas. Confiemos en aquello que nos hace bien, dices.
-El placer es una función biológica como cualquier otra, un marcador de supervivencia.
Estamos diseñados para sentir placer por aquello que nos ayuda a sobrevivir. Por ejemplo, por la comida, el descanso, los vínculos y el sexo.
La expectativa, hoy en día, se sabe que es la peor enemiga del placer. Si esperas que tu boda sea el día más importante de tu vida o que en tal trabajo vas a ser feliz, pues probablemente estás comprando papeletas para decepcionarte, porque la expectativa es el problema. El anhelo del placer, ese deseo, muchas veces juega en contra del propio disfrute, que es el placer, y ahí es donde está el peligro.
¿Qué es bueno del placer? La recompensa, cómo consigo ese placer que yo quiero o que espero conseguir. Y ahí es donde tenemos que hacer un ajuste de expectativas e intentar vivir en los pequeños placeres del presente, porque eso es lo que nos ayudará a mejorar nuestra calidad de vida.
El café por la mañana, una puesta de sol, el abrazo de una persona querida, la sonrisa de la panadera, todo esto nos ayuda a conectarnos con pequeños placeres para que en nuestro cerebro se produzca la anandamida, un neurotransmisor que provoca una sensación de calma placentera en el momento presente. Su nombre proviene de una palabra sánscrita que escuché por primera vez en la India, “ananda”.
Y luego cuando vi que también lo utilizaban en neurociencia, me hizo mucha ilusión que se juntasen estos dos conceptos, porque el placer es algo muy humano, muy animal, pero también muy filosófico. Algo que todos intentamos alcanzar y mantener lo máximo que podemos de manera inconsciente, que es el bienestar.

-Todos tenemos, o hemos tenido, la capacidad de presencia y convivencia con uno mismo, como expresas en otra parte, y en este sentido entran a jugar dos actores: el silencio y la soledad.
-Sí. Los niños los tienen innatamente, con ausencia de estimulación externa, y hay personas que, por temas de personalidad, necesitan más esa estimulación, pero todos tenemos esta capacidad y necesidad. Porque es una necesidad parar y estar en silencio y soledad.
Sin embargo, en la sociedad en la que vivimos es cada vez muy difícil aburrirse, e incluso las nuevas generaciones tienen muy poca tolerancia a esa sensación de “qué hago”. Y es preciso meter el cuerpo y la mente ahí, porque es ahí donde empieza la escucha corporal que necesitamos para saber qué quiere nuestro cuerpo, en qué momento estamos.
-¿Puedes explicar qué son los modos cerebrales del ser y el hacer?
-Nuestro cerebro funciona en diferentes modos en función de la demanda externa. Cuando estamos en un modo de ensoñación, o no estamos atentos; en el autobús, de casa al trabajo, o esperando en una sala de espera, se activa la llamada red neuronal por defecto.
Se activan, sobre todo, zonas cerebrales de habla y de escucha. Es decir, nos hablamos y nos escuchamos todo el tiempo. Y el diálogo suele ser de nosotros mismos. Ahí surgen la creatividad, la resolución de problemas, y nos ayuda a movernos a nivel social respondiendo más rápido, etcétera. Es el modo cerebral del hacer.
El problema es que el cerebro está en el pasado o el futuro, comparándolos con el presente. Y esta disociación nos hace sentir intranquilos. Aumentan los niveles de estrés porque hay una discrepancia. Se ha visto en estudios que cuanto más tiempo pasamos en este modo cerebral se correlaciona con menor percepción de felicidad.
El modo contrario es el modo ser, que se promueve, por ejemplo, en la meditación, que implica estar atento a una cosa y que además emocionalmente no intentas cambiarla, es decir, la aceptas. Esto implica presencia en el momento actual. No hay discrepancia entre pasado y presente o futuro y presente. Estás ahí.
El cerebro está tranquilo, no está prediciendo, está en el ahora. Deberíamos favorecer esta red. El silencio está en el día a día. Lo puedes asistir meditando, pero también se ha visto en estudios cuando se atiende plenamente, como es al fregar los platos.
No hace falta ser monje budista, sino hacer lo que hacemos de una manera diferente para favorecer esta función cerebral que nos protege y beneficia, con un estado de ánimo más agradable.
-Afirmas con contundencia que biológicamente es imposible ser objetivo con el pasado, con los recuerdos.
-Sí, porque uno de los hábitos, que no es un hábito al uso, es aprender a regularnos emocionalmente. Y una de las formas de realizarlo es visitando recuerdos. Al recordar, nos exigimos ser exactos con lo que pasó, pero se sabe por la curva del olvido que esto no es posible. Cada noche se hace un barrido del ochenta por ciento de la información que contiene el cerebro. Y el veinte por ciento que suele quedar es el que tiene mayor impacto emocional. Por lo tanto, nuestro cerebro depende mucho de su olvido.
Pero además de ese barrido, cada vez que visitamos un recuerdo, hacemos una nueva versión de la película, la reinterpretamos con el director que somos hoy. Hay una influencia de tu estado emocional y de lo que sabes ahora en cómo vas a ver ese recuerdo. Luego, esto es lo que nos interesa, lo vuelves a guardar en el cerebro.
Por este motivo, en terapia es tan importante hablar de los recuerdos, de las experiencias, porque cada vez que los visitamos, los volvemos a guardar. Si los visitamos desde un punto de partida tranquilo, cuando existe calma en tu presente, o en un espacio seguro, ayuda a que la intensidad emocional de un recuerdo que a lo mejor te está haciendo daño, cada vez sea menor. Los recuerdos, cuando los visitas, siempre se modifican.

-Por último, haces una reflexión sobre la flexibilidad, el dolce far niente (no hacer nada) y la espiritualidad.
-De la flexibilidad, digamos que todo hábito saludable tiene que ser flexible porque la vida cambia, el contexto cambia, nosotros cambiamos. Y muchas veces en la flexibilidad está la salud, porque de lo contrario volvemos a la exigencia.
En cuanto al dolce far niente, en esta sociedad hiperproductiva, donde nos hemos vuelto nuestros propios jefes, como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han, tan famoso últimamente, al final somos nuestro propio capataz y el mejor capataz que podría tener nuestro jefe. Así seremos mucho más exigentes que él como para permitirnos descansar.
El acercarte al no hacer nada, al no ser productivo, sin sentir culpa, es algo que todos debemos enfrentar, especialmente porque no es sostenible este modelo productivo.
¿Qué pasa? Intentamos acercarnos a ello sin sentir culpa, y lo que digo es “no”. La culpa es un peaje que tú deberás regular a la baja y acabará desapareciendo.
Y luego la espiritualidad. Soy una persona que en un inicio era cien por cien analítica, cien por cien científica, pero que la vida ha llevado a plantearme dónde está esta búsqueda. Porque esta búsqueda siempre está. Estoy en esta dualidad de por qué las personas necesitamos eso que es algo más.
Pero qué es la espiritualidad. Habrá gente que esta pregunta la llevará a la religión y gente que no. Lo que sí que se sabe es que la espiritualidad, independientemente de cómo tú lo interpretes, es un factor de protección para nuestra salud, tanto física como emocional, y se ha visto que nos protege un ochenta por ciento de padecer depresión. Porque no sientes tristeza.
La razón es que necesitas menos control, tienes más confianza, por así decirlo. Esta es la clave: no estas hipervigilante todo el tiempo. Por eso la espiritualidad es algo inherente al ser humano y que, para mí, significa conexión con algo más allá de ti mismo. Para otra persona será una conexión con Dios, con la naturaleza.
Esta descentralización del yo nos ayuda, nos quita responsabilidad, esa que hemos adquirido con el modelo neoliberal de los hábitos. Ayuda a soltar el control y a vivir con mucha más calma.
🠋 Aquí puedes ver la entrevista completa en nuestro canal de Youtube.





