Emma Barthe
Psicóloga
En la última década, la espiritualidad ha dejado de ser un camino personal o colectivo para convertirse en un mercado multimillonario. Según estimaciones recientes, la industria global del bienestar alcanzó los 6,2 billones de dólares en 2023, con un crecimiento anual proyectado del 7,3%. Este mercado incluye desde cursos de meditación por suscripción hasta retiros de yoga en resorts de lujo, adaptados a un público ávido de experiencias que prometan equilibrio y transformación.
Una gran parte de este crecimiento ha sido impulsada por influencers que dominan plataformas como TikTok, Instagram y YouTube. Estos creadores de contenido promueven prácticas de bienestar y espiritualidad a audiencias masivas, adaptando enseñanzas tradicionales a formatos accesibles y visualmente atractivos. Aunque muchos de ellos tienen buenas intenciones, el resultado suele ser una espiritualidad superficial, más centrada en el consumo y la imagen que en la transformación personal y colectiva.
El problema no está en democratizar estas enseñanzas, sino en vaciarlas de su profundidad.
Los algoritmos premian mensajes simplificados, fáciles de consumir: “Medita 10 minutos y cambia tu vida”, “La energía del universo está contigo”, “Sé la mejor versión de ti mismo”. “Tu eres lo más importante”, “Logra la plenitud”. Pero, ¿qué sucede con los valores esenciales de la espiritualidad? ¿Dónde queda el compromiso con el otro, con la sociedad, con el planeta?
Esta nueva espiritualidad alimenta un narcisismo disfrazado de autoconocimiento. En lugar de enseñarnos a mirar al otro, nos invita a centrarnos en nosotros mismos: “¿cómo puedo sentirme mejor?”, “¿cómo puedo ser más feliz, más pleno, más exitoso?”.
El amor propio, en su forma más profunda, debería ayudarnos a trascender el ego, no a alimentarlo. Debería ser el primer paso hacia una vida vivida desde la compasión, el servicio y la unidad con los demás, un paso hacia la conexión con los demás, y no quedarse atrapado en el individuo.
Cuando el amor propio se usa como una excusa para evitar la autocrítica o ignorar nuestra responsabilidad hacia el colectivo, deja de ser una práctica espiritual auténtica y se convierte en un acto de autoindulgencia.
Nos dicen que somos luz, que somos amor, que somos perfectos tal como somos. Pero este mensaje optimista y cómodo ignora nuestra sombra: nuestra desconexión, nuestro egoísmo, nuestra separación del otro.
El auge de estas prácticas en el ámbito empresarial tampoco es casual. En un sistema donde el estrés, el agotamiento y la desconexión son parte del día a día, las herramientas de bienestar se presentan como la solución ideal. Pero, ¿son realmente una solución? Seamos sinceros, lo que buscan no es conciencia, sino una herramienta para optimizar el rendimiento, mejorar el desempeño, lograr equipos más cohesionados.
Vivimos en una época donde la palabra “conciencia” está en todas partes. Mindfulness, yoga, meditación: términos que alguna vez estuvieron asociados con la introspección profunda, ahora son parte del vocabulario corporativo. Se ofrecen talleres de atención plena para reducir el estrés, cursos de meditación para mejorar la toma de decisiones, clases de yoga para aumentar la energía en el trabajo. La conciencia se ha convertido en una estrategia más para alcanzar resultados económicos, no en un compromiso genuino con el bienestar integral.
Decimos “somos uno”, pero vivimos separados. Nos alejamos cada vez más del otro, del planeta y de nosotros mismos. Y aunque estas prácticas prometen reconectar, rara vez abordan la raíz de esta separación.
Un retiro de yoga no basta para sanar la desconexión si, al volver a casa, seguimos actuando desde el ego. Una meditación diaria pierde su impacto si no se traduce en acciones concretas de empatía y servicio.
En su verdadera esencia, la espiritualidad no es cómoda. No es un escape ni una herramienta para sentirse mejor. Es un compromiso con uno mismo y con el mundo. Es enfrentar la sombra, reconocer las contradicciones y actuar desde la compasión.
No se trata de cuántos libros hemos leído o cuántos talleres hemos hecho, sino de cómo vivimos. De cómo tratamos al otro. De cómo cuidamos el planeta.
La verdadera espiritualidad no se mide en logros individuales, sino en la capacidad de transformar nuestras relaciones y nuestra comunidad.
La espiritualidad no debería ser un mercado ni una herramienta de productividad. Debería ser un recordatorio constante de nuestra conexión con todo lo que existe.
No basta con decir que “somos luz” si no enfrentamos la oscuridad que llevamos dentro. No sirve afirmar que “somos uno” si seguimos actuando desde la separación.
Porque, al final, la espiritualidad no se trata de cuán iluminados creemos ser, sino de cuánto iluminamos el camino para los demás.
Quizá el verdadero desafío de nuestra época sea rescatar la espiritualidad de las garras del mercado y devolverle su profundidad: un espacio donde el ego se disuelve en la conexión con el otro, donde el bienestar individual se traduce en un bienestar colectivo, y donde la transformación personal se convierte en un acto de servicio hacia un mundo más consciente y compasivo.
Este artículo fue publicado originalmente en EmmaBarthe.com



