Aurelio Álvarez Cortez
Inspirado en la sabiduría atemporal de “El Principito”, Manuel Coronado analiza en “En busca de lo esencial” -publicado por Desclée De Brouwer- la obra de Antoine de Saint-Exupéry, quien logró transmitir un mensaje universal a través de una obra que define como psicológica, filosófica y esotérica.
Coronado es diplomado en magisterio y licenciado en medicina y en psicología clínica, con máster en educación, efectivo, sexual y sexología, y nutrición. Con él un diálogo mantuvimos un diálogo que empezó así…
-“El Principito” fue concebido primero como un cuento infantil y luego pasó al mundo del adulto. ¿Qué te atrajo de esta obra, Manuel?
-En primer término, me atrajo, como a todos los que leen “El Principito”, la ternura que implica este personaje, ternura que se va perdiendo con la edad y que luego te das cuenta de que por el camino has dejado algo importante. Nos hemos desarrollado más hacia afuera y hemos dejado de vivir hacia adentro, en búsqueda de lo esencial.
Y lo que más me llamó la atención fue ver cómo el personaje del Principito puede enseñar al adulto. Es decir, el Principito es capaz de dar lecciones al aviador.
-En tu obra presentas claves para tomar conciencia del entorno social deshumanizado en el cual viven los adultos, en medio de esta civilización cada vez más sofisticada y contradictoria. ¿Sigue vigente el mensaje de “El Principito”?
-Sí, por supuesto. Un mensaje implícito que es una crítica social a su tiempo y que sigue vigente, después de ochenta y tres años. Todos los patrones o características que él puso a través de la alegoría del cuento se repiten hoy día. Él se preguntó dónde hemos dejado lo espiritual. Hemos masacrado lo espiritual en aras del progreso. La conclusión que saca es que esta civilización es idiota.
Estamos viviendo momentos donde la idiotez campea a sus anchas y donde la figura de este príncipe es la contracara.
-Recuerda la nobleza del ser humano.
-Efectivamente, esa esencia noble, incluso intuitiva, que la perdemos por el camino. Como ya decía Hobbes, el hombre es lobo del hombre. Eso se cumple en la sociedad. En vez de cooperación, hay mucha más competitividad. Lo importante es quién llega primero, quién consigue más, y eso hace que la cooperación no se dé tanto y se olvide el concepto de amor universal.
Ahí es donde nos topamos con ese primer hándicap, donde tenemos que darnos cuenta de que algo está fallando en la sociedad. ¿Cuándo ha habido listas de espera para la salud mental de los jóvenes? Nunca. ¿Qué está pasando?
También algo está fallando en la educación. Nos quieren imponer un sistema y nos condicionan para que vivamos de una forma determinada. Uno de los factores que parece que ha incidido mucho en el malestar juvenil son las redes sociales. Se está viendo el gran número de adicciones, incluso el riesgo de suicidio juvenil, etcétera.
El estilo de vida que llevamos no es sano. Como decía Krishnamurti, no está bien estar adaptado a una sociedad enferma. Algunos psiquiatras han dicho que ciertamente, en términos críticos, la sociedad está neurótica. De hecho, Erasmo de Rotterdam (siglo XVI) también criticaba que se elogiara la tontería.
Como se puede oír por ahí, la estupidez humana no tiene límites. Más estupidez, más idiotez. Hemos desterrado al niño de las esferas del alma. Prácticamente vivimos una vida artificial formalista, legalista, protocolaria. El Principito se da cuenta de que los adultos son muy serios, raros.
-Esta civilización, dice el Principito, es idiota porque le falta conciencia, no inteligencia. Bien, adentrémonos en los escenarios del cuento. El primero, el desierto, lugar de aprendizajes y de transformaciones. Dices: “Un escenario bíblico, donde falta todo y todo es necesario, la universidad de Dios”. ¡Qué frase!
-Ciertamente, se podría simbolizar como nuestras crisis personales. Ahí es donde realmente se muestra algo que no es lo que estás acostumbrado a vivir. Ese materialismo, ese progresismo, ese consumismo, etcétera.
¿Qué es lo que falta en el desierto? Es esa esencia que no la estoy viviendo. Entonces, ¿el desierto qué hace? El desierto te obliga a que tú tengas necesariamente que mirar, buscar esa esencia. Algo te falta, te sientes vacío.
Ahí empieza todo. El aviador tiene una avería en el desierto. Fue una experiencia real que él tuvo y luego traspasó al cuento, lo vivió.
El niño, el Principito, aparece en el desierto al aviador. Y es muy curioso que el aviador primero se sorprende y le pregunte qué hace allí. El niño no le pide agua, sino un dibujo. Son símbolos muy poderosos la forma en cómo viene a este planeta y cómo regresa al suyo.
El cuento está escrito en nueve ternas, la figura de la búsqueda espiritual. Y trae varios niveles de lectura.
Saint-Exupéry era un hombre muy formado. Dedica su obra a Leon Werth, escritor, periodista y crítico de arte judío, su amigo, con quien mantenía correspondencia. Por él, conocía muy bien la Torah, la Biblia.
-El Principito somos todos. Esta es la primera señal para entender lo que estás contando. Y hablas de imaginación e intuición, guiadas por la reflexión y la fe.
Sí. Es muy curioso. El niño pide al aviador que le dibuje un cordero, símbolo bíblico por excelencia.
Y el aviador dibuja también una serpiente, otro símbolo de la misma jerarquía. Son dos contrastes. El cordero representa, entre otras cosas, lo máximo que es la redención. Se come las malas hierbas, los malos hábitos, etcétera. La serpiente representa la maldad, y esa serpiente es la que luego hace que regrese a su planeta.
Después el niño pide un dibujo de una caja para meter el cordero. Y esa caja, curiosamente, tiene tres puntos de aireación para que el cordero duerma allí. Ellos son la conexión con el interior. Es decir, corresponde a eso que tú has citado: la imaginación, la intuición y la fe, que mueven a la reflexión, a hacernos preguntas esenciales.
-¿Cuáles son esas preguntas?
-Son tres. La primera se la hace el geógrafo en el último asteroide que visita: “¿Tú de dónde vienes?”. Es una pregunta fundamental, porque tiene que ver con el origen. ¿De dónde venimos nosotros? Si no sabes tu origen, o lo olvidas, puede ocurrir que te desvíes. Esa es una de las lecciones o mensajes del Principito: no podemos olvidar de dónde venimos. De ahí la palabra originalidad, que quiere decir ser original. Tienes que saber de dónde procedes para volver al origen.
A continuación, otra pregunta todavía más fuerte, hace la serpiente: “¿Y tú qué has venido a hacer aquí?” Esta pregunta nos tenemos que hacer de una forma seria. El Principito en un momento determinado se sienta para reflexionar, mira las estrellas y dice: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día cada uno pueda encontrar la suya”.
Es decir, ¿yo que he venido a hacer aquí?, ¿cuál es sentido de mi vida?, ¿cuál es el propósito? Necesitamos reflexión, también intuición, imaginación, fe, y ponernos en contacto con nosotros mismos. Nuestros recursos interiores que, muchas veces, se han podido perder. Pero necesitamos reconectar con esos recursos creativos del niño interior.
Y la tercera pregunta aparece cuando el Principito se sube a la cima de la montaña. “¿Quién eres? ¿Quién eres?” Y el eco repite: “¿Quién eres?”. Es una pregunta referida a la identidad.
Estas tres preguntas son esenciales para vivir desde la vida auténtica. Si no las hacemos, podemos vivir siempre en piloto automático. Es lo que pretende el sistema, la sociedad. No nos damos cuenta de que nos acostumbran al consumismo. Nos lo dan todo hecho y hay que parar. Hacerse pausas reflexivas.
Es más, en “El Principito” hay una gran un mensaje cuando no solamente se dan pausas reflexivas, sino liberadoras, también pausas contemplativas. Por eso la melancolía que tenía el niño porque le agradaba ver las puestas de sol.
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