Crónica de una pérdida

Un vacío para habitar a conciencia

Davinia Lacht.
Escritora

Hace poco, apenas unos días, tuve que enfrentarme a la pérdida para poder escribir hoy estas palabras que nacen desde el corazón. No, no era la primera vez. Con apenas 22 años viví la pérdida de mi hermano, una pérdida que había estado mucho más arraigada en mi corazón que las pequeñeces de las que hoy pudiera hablar. No obstante, todo apunta a que la sensación de pérdida no es exclusiva a un acontecimiento u otro, sino que el vacío será mayor o menor dependiendo de cuál fuera la profundidad de la conexión con aquello que hemos perdido.

¿Cuál es la mayor diferencia entre el día que perdí a mi hermano y el día de hoy? La jovencita de aquel entonces no estaba demasiado dispuesta a ver y solo quería pasar página, deshacerse de esa sensación tan incómoda que le invadía. Más que una sensación, un vacío que aterraba. Como estar delante de un precipicio sin nada a lo que amarrarse. La mujer adulta de hoy siente, en cierto modo, agradecimiento por experimentar algo que hacía tiempo que le era ajeno. La mujer de hoy está dispuesta a experimentar plenamente ese sentir: observarlo, ver qué sucede por dentro, ver qué desencadena el cambio exterior.

El día empieza a amanecer. Lo que antes era oscuridad pura comienza a convertirse en claroscuros. Los objetos del salón, debatiéndose entre el negro y el gris, empiezan a emitir pequeñas sombras. Empiezan a intuirse varios colores, sobre todo el amarillo del mantel que está plegado en una cesta y el fucsia del mechero con el que anoche encendí algo de incienso. Antes no veía, no; pero ahora, tras haber estado un buen rato en silencio, la vida va queriendo resurgir.

Es curioso: seguro que tú y yo hemos leído en más de una ocasión que la pérdida puede conducir al despertar espiritual. De hecho, es probable que incluso yo misma haya escrito sobre el tema mirando atrás y observando cuál había sido mi camino tras la pérdida de mi hermano. Sí, su pérdida condujo a profundizar en los lagos del alma. No obstante, ¿de verdad entendía el porqué? En realidad, ¿importa el porqué? No, no importa demasiado; pero mi experiencia sí podría aportar cierto beneficio si te invita a observarte a ti mismo. Mis palabras serán solo flechas y lo único que vale es que tú mismo observes y experimentes aquello de lo que hablo en caso de que llegue el momento en que te enfrentes a lo mismo.

Así que aquí va mi historia. La naturaleza de la pérdida no importa, no: no importa si he (has) perdido un trabajo, una amistad, a tu pareja, a tu mascota, seres queridos o algún objeto muy preciado. Indiscutiblemente, el grado en que te afecte dependerá del grado de unión. A cierto nivel, no es lo mismo una pérdida que otra. A cierto nivel, una pérdida es siempre una pérdida. Sin apenas esperarlo, ciertas expectativas e ideas de cómo sería el futuro se vieron arrebatadas.

En mi historia, la sensación inicial era extraña. Podría decirse que aún no me había dado cuenta del espacio que se abría y, en cierto modo, sentí la ligereza de verme libre de responsabilidades y retos con los que había contado hasta entonces. Había una liviandad, un alivio. No obstante, tenía que llegar la noche que quitaría de mi visión todos aquellos objetos que habían estado en mi campo de visión durante el día, impidiéndome así contemplar el nuevo vacío que se abría. Hasta ese momento, había algo (trabajo, objeto, pareja, mascota) que había estado en mí, que ocupaba un pedacito de mí. De pronto, ya no estaba. Algo que ocupaba un lugar, había dejado de ocuparlo.

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Vacío. ¿No es eso lo que sentimos tras la pérdida? ¿Acaso no nos envuelve una sensación de y ahora qué? Un sinfín de pensamientos se arremolinaba a las puertas de la mente queriendo inventar historias, hacerme sentir mal; queriendo justificar lo sucedido y clasificarlo en cajitas para su paz. Paz de mentira, claro. Por suerte, la cordura era aún suficiente como para no creerme demasiado esos pensamientos. ¿Dónde radica la paz? ¿Habría existido la sensación de vacío, de precipicio incómodo, si hubiera sido siempre consciente de que las formas de este mundo van y vienen, si no me hubiera apegado al objeto de pérdida? No, sé que no. De la misma manera, mil planes se ven desbarajustados todos los días sin afectarme. La pérdida sucede todos los días sin afectarme cuando no ha habido un apego. En el día a día, en la mayoría de ocasiones, existe el suficiente espacio en la relación con el mundo como para entender que no hay una forma concreta que sea decisiva e indispensable. No hay nada que no siga su curso y que no estemos preparados para entender.

Ese vacío que sentí, ¿acaso no es el mismo vacío que se nos invita a habitar una y otra vez? Repito: ¿acaso la vida plena, la paz de corazón, no pueden emerger solo cuando habitamos con cuerpo y alma el momento presente, el cual es ajeno al apego a cualquier forma? Consciente de que había habido un apego y de las sensaciones que me habitaban, opté (sigo optando) por acentuar mi atención. Decidí habitar manos, brazos, piernas y cara con todo mi ser y tanto como pudiera, notando cómo estos vibraban irradiando una paz que me arropaba como a una niña pequeña desconsolada. Paz. Sentía paz. Eso no implica que no hubiera preferido continuar con ese trabajo, esa persona querida a mi lado o ese objeto de tanto valor. No obstante, todo ello había ocupado un espacio que no le pertenecía y, como consecuencia, me había alejado de la fuente de verdad eterna, inmutable y sinónimo de alegría.

La pérdida no había hecho más que devolverme al espacio del que, idealmente, nunca me habría marchado. ¿Podemos disfrutar de la relación con el mundo: objetos, personas, mascotas, aficiones? Sí, por supuesto; pero puede que la maestría en la vida nos invite a disfrutar de todo lo de este mundo sin apegarnos, sin permitir que esas cosas ocupen el precioso vacío que, al no ocuparlo, es pura luz, comprensión y sabiduría.

Puede que cuando vuelva a llegar hoy la noche y me aleje una vez más de las formas del día me inunde de nuevo la sensación de vacío. Sin embargo, será un vacío que habitaré a conciencia. Es un espacio que decido contemplar, habitar, pues solo en él radica la verdadera alegría. Sé que si ese vacío de Vida me ha inquietado en estos días, el único motivo es que había dejado de estar familiarizada con él.

Vacío de luz. Vacío de serenidad. Vacío de eternidad. Solo puedo mirar al cielo y exclamar: ¡perdóname por haberme alejado!

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www.davinialacht.com



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