Despertar del sueño de la dualidad

Emilio Carrillo señala que Dios es nuestra naturaleza más íntima y esencial

La búsqueda de respuestas sobre el origen de nuestra existencia y el misterio del dolor humano ha acompañado a la humanidad desde siempre. En su obra “Dios” (Editorial Sirio), Emilio Carrillo nos invita a adentrarnos sin rodeos en el núcleo más profundo de estos interrogantes.

Fruto de íntimas conversaciones mantenidas en Sevilla tras un retiro de casi cinco meses de silencio absoluto en Wiñaymarca (lago Titicaca), este libro es un mapa directo hacia la esencia de nuestro ser.

El chamán Nagual, de la etnia Anukuighano, actúa como testigo consciente de este fluir, guiándonos en un diálogo directo que desmonta las estructuras religiosas ortodoxas para dar paso a una espiritualidad viva, práctica y libre.

Con oraciones breves y un tono muy cercano, Emilio Carrillo nos recuerda una verdad transformadora: Dios no es un ser exterior que nos vigila o juzga, sino nuestra naturaleza más íntima y esencial.

Seguidamente abriremos una puerta al cuarto de la centralidad de “Dios”, desvelando cómo la ilusión de la separación genera todo el sufrimiento humano y cómo podemos emprender el retorno al hogar para experimentar el verdadero bienestar.

Wiñaymarca (lago Titicaca).

El Dios “exterior” y la búsqueda de bienestar

El núcleo del sufrimiento reside en una confusión mental compartida por creyentes y no creyentes. Ambos parten del mismo enfoque erróneo: concebir a Dios como algo “exterior” y separado de nosotros.

Los creyentes afirman la existencia de ese Dios supremo y profesan un credo, mientras que los no creyentes niegan dicha existencia. Sin embargo, ambas posturas son las dos caras de una misma moneda.

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Esta percepción de separación sumerge en el olvido de nuestra esencia divina. Al sentirnos desconectados de la totalidad, nos identificamos con el “falso yo” o ego, que abarca el cuerpo físico, las emociones y la mente racional. Desde esta naturaleza egocéntrica, nos sentimos vacíos e incompletos.

Para llenar esa carencia, nos lanzamos al exterior en busca de bienestar (placer, seguridad, éxito, reconocimiento). Pero el bienestar externo es solo un pobre y efímero sucedáneo de la felicidad o “Bien-Ser“, que constituye el estado natural innato de nuestra verdadera esencia.

Esta búsqueda de bienestar fuera de nosotros genera deseos y apegos. Al intentar satisfacerlos, entramos en la experiencia dual, juzgando cada suceso como “bueno” o “malo”.

Cuando no logramos lo que deseamos, sentimos frustración (malestar), lo que produce sufrimiento. Y cuando sí lo logramos, experimentamos una satisfacción momentánea (bienestar) que alimenta nuestra adicción al ego, convirtiéndose en el preludio de un sufrimiento mayor por miedo a perder lo obtenido.

Así, malestar y bienestar beben de la misma fuente: la ignorancia de nuestro verdadero ser.

La parábola del Hijo Pródigo, un mapa de nuestro despertar espiritual

Para ilustrar este proceso de pérdida y reencuentro interior, Carrillo realiza una profunda reinterpretación de la parábola del Hijo Pródigo.

Apoyado en las reflexiones de Fray Marcos y Henri Nouwen, aleja el relato de la visión tradicional de culpabilidad e imposición moral, presentándolo como un mapa preciso del discurrir de la consciencia en su camino de evolución.

En este relato, cada personaje representa un estado de nuestro propio proceso evolutivo:

  • El hijo menor (el pródigo): simboliza la separación voluntaria de nuestra esencia divina para experimentar el mundo de la materia y el ego. Es la encarnación de la “tragedia del incrédulo”. Al dilapidar su herencia viviendo en la dualidad y los placeres efímeros, termina en la extrema necesidad. Sin embargo, esta desesperación es la que finalmente le ayuda a “entrar en sí mismo” y comprender que la plenitud no se halla en el exterior, impulsando su retorno al hogar.
  • El hijo mayor: representa la “tragedia del creyente”. Es aquel que permanece físicamente al lado del Padre y cumple externamente todas las normas, pero carece de un verdadero conocimiento de la naturaleza divina. Su obediencia está motivada por el interés o el miedo al castigo, revelando un profundo egoísmo. Es incapaz de comprender el amor incondicional del Padre hacia el hermano rebelde. Su tragedia es la dificultad de darse cuenta de que él también debe regresar al Padre, disolviendo su orgullo espiritual.
  • El Padre: es la representación directa de nuestro verdadero ser. No es una entidad externa que juzga, premia o castiga, sino la divinidad inmanente que habita en lo hondo de cada uno. El Padre no lucha contra nada; espera con amor incondicional y paciencia infinita nuestro retorno. Cuando el hijo menor regresa, el Padre lo abraza efusivamente sin exigir explicaciones ni disculpas, pues para el verdadero ser, el tiempo no existe y el amor es total.

El objetivo final de la parábola es comprender que estamos llamados a identificarnos plenamente con el Padre, descubriendo que “Yo y el Padre somos Uno”.

El verdadero significado de la fe

La desfiguración del mensaje original de los grandes maestros espirituales, especialmente de Cristo Jesús, ha llevado a la humanidad a malinterpretar conceptos capitales para la liberación interior. Uno de los términos más devaluados históricamente ha sido el de la fe.

Al acudir a las primeras transcripciones en griego de las enseñanzas de Jesús, descubrimos que la palabra utilizada originalmente fue pistis (y su forma verbal pisteuo). En su sentido literal, pistis no significa “creencia ciega” en dogmas, ni tampoco “fidelidad” u “asentimiento” sumiso a reglas institucionales. Muy al contrario, se traduce como una conjunción perfecta de tres actitudes sumamente prácticas:

  1. Confianza: una entrega absoluta a la Providencia y al fluir de la vida, con la certeza íntima de que todo tiene un porqué y un para qué perfecto en nuestro proceso de evolución. Es vivir el presente sin preocupaciones, al igual que las aves del cielo o los lirios del campo.
  2. Perseverancia: la labor interior constante y dedicada (labor into, de donde proviene la palabra “laberinto”) para descorrer los velos de la mente y recordar nuestra naturaleza divina.
  3. Compromiso: la coherencia cotidiana entre la consciencia que sentimos y nuestras actitudes y acciones diarias.

Lamentablemente, cuando San Jerónimo tradujo la Biblia del griego al latín a finales del siglo IV (La Vulgata), tradujo pistis como fides (lealtad) y el verbo pisteuo como credo (yo creo). Con el paso de los siglos, esta traducción redujo la fe a una mera “creencia” intelectual controlada por las instituciones, extirpando su poder transformador original.

La verdadera fe es inteligente, operante y viva; es una vivencia íntima de nuestra divinidad interior que es capaz, verdaderamente, de mover montañas.

La materia es inmaterial en su esencia más profunda y que todo lo existente emerge del latido vibracional del vacío primigenio.

Dos dimensiones de la divinidad, el vacío y la forma

La física moderna y la espiritualidad profunda coinciden en revelar que la realidad no es un espacio rígido y estático, sino un flujo constante de vibración. En la “Física de la deidad”, Emilio Carrillo nos explica que en la Unidad de Dios conviven de forma armoniosa dos dimensiones:

  • La dimensión subyacente (Inmanifestado): es la esencia fija, inmutable y eterna de la divinidad. Se caracteriza por el Vacío absoluto, la Nada, el No-Ser, la Quietud, la Simplicidad y la Unicidad. Es lo Increado, aquello que carece de nombre y forma, pero que contiene de modo inmanente el Todo.
  • La dimensión superficial (Manifestado): es la proyección variable y de devenir de lo Inmanifestado. Abarca todo lo creado, el mundo de las formas, el movimiento, la complejidad y el tiempo. Es el Ser expresado como Amor, Vida y Consciencia.

Ambas dimensiones no están separadas; son una sola realidad. Tal como reza el célebre texto budista Sutra del Corazón, “la forma es vacío, el vacío es forma”.

Este planteamiento encuentra un asombroso respaldo en los descubrimientos de la física cuántica contemporánea. Científicos de vanguardia, como Álvaro de Rújula en el CERN, han demostrado empíricamente que el espacio vacío no es la nada, sino una sustancia activa que posee densidad de energía y que vibra de forma incesante. Un ejemplo de esto es el descubrimiento del bosón de Higgs, considerado una vibración del vacío mismo que dota de masa a las partículas fundamentales.

La ciencia nos está revelando que la materia es inmaterial en su esencia más profunda y que todo lo existente emerge del latido vibracional del vacío primigenio.

El secreto del fin del sufrimiento

Uno de los capítulos más reveladores del libro utiliza la imagen clásica de la diosa romana Iustitia (la Justicia) como una profunda alegoría sobre el funcionamiento de la mente egocéntrica y la liberación del sufrimiento.

Tradicionalmente, vemos en ella la representación de la equidad social, pero su simbología esconde claves de carácter puramente trascendente:

  1. La balanza con sus dos platillos representa la experiencia dual en la que opera el ego. El pequeño “yo” etiqueta constantemente sus vivencias y las coloca en el platillo del bienestar (alegrías, placeres, éxitos) o en el del malestar (tristezas, dolores, fracasos). Sin embargo, la balanza entera representa el sufrimiento en sí mismo, pues ambos platillos nacen de la misma ignorancia de nuestro ser real y nos mantienen atrapados en los ciclos continuos de causa y efecto (el samsara).
  2. La espada hacia abajo simboliza la razón y el intelecto. El hecho de que la espada apunte hacia el suelo indica que debemos dejar caer la racionalidad lógica como única vía de conocimiento. Para comprender la realidad y disolver la dualidad, es preciso mirar desde el Corazón, que se sitúa justo al lado de la balanza.
  3. Los ojos vendados muestran el estado de ensoñación en el que vive el ser humano mientras duerme el sueño de la existencia material, creyendo que las ilusiones del ego son reales.

Cuando el ser humano despierta interiormente, la venda de los ojos cae. Al comprender que el sufrimiento es exclusivamente una ficción mental creada por el ego, la balanza de la dualidad se disuelve, transformándose en la sabiduría pura.

La espada de la razón se convierte en una antorcha de luz elevada hacia el cielo y la diosa Iustitia se transfigura en la Estatua de la Libertad, el icono supremo de la total ausencia de miedos y el fluir incondicional del Amor.

Vivir viviendo

¿Cómo se traduce todo este despertar en nuestra vida práctica cotidiana? Emilio Carrillo nos propone un estilo de vida revolucionario resumido en la expresión “Vivir viviendo”.

Al darnos cuenta de que ya somos la totalidad y de que la Providencia actúa a cada instante guiando la creación con absoluta perfección, comprendemos la innecesariedad de hacer. El ego vive sumido en la trampa del “tengo que” o “debo de”, creyendo que su esfuerzo personal es imprescindible para cambiar el mundo, a los demás o a sí mismo.

Pero la voluntad de cambio exterior es solo una huida hacia adelante que genera cansancio y frustración. En la creación no rige el cambio impuesto por la fuerza del ego, sino la evolución natural, cuyos ritmos y procesos perfectos debemos aceptar con amor.

Al asentarnos en la aceptación, dejamos de preocuparnos por el “qué” (las circunstancias externas, que quedan en manos de la Providencia y la Vida) y nos centramos exclusivamente en el “cómo”: el Amor y la consciencia que ponemos en lo que realizamos en el momento presente.

En este estado de rendición interior, nuestras acciones diarias dejas de ser obligaciones pesadas y se convierten en el fluir espontáneo del “no-hacer”. La acción fluye entonces como expresión de nuestros dones y talentos únicos.

Al poner nuestra luz sobre el candelero para compartirla abiertamente con los demás, sin buscar reconocimiento, aplausos o la vanidosa pretensión de “ayudar” interfiriendo en el proceso de otros, encarnamos la verdadera santidad.

Simplemente acompañamos a nuestros semejantes con profunda compasión y respeto absoluto hacia su propio camino de despertar.

El retorno al hogar y la realización de lo que somos

Para resumir la esencia profunda de este libro extraordinario, podemos concluir que el tema central de “Dios” es el reencuentro definitivo con nuestra identidad real mediante la disolución del ego y la superación del sufrimiento.

Emilio Carrillo nos desvela con maestría que el sufrimiento no es una condición real de la existencia, sino una ficción mental creada por la ilusión de creer que estamos separados de la divinidad. Vivimos asustados y fatigados buscando fuera de nosotros un bienestar pasajero, olvidando que la felicidad inmutable ya habita en nuestro templo interior.

La liberación no consiste en “aprender” teorías complejas, ni en someternos a credos religiosos dogmáticos, sino en despertar del sueño de la dualidad.

El retorno al hogar se consuma cuando practicamos la entrega absoluta a la vida, dejando de ser un “yo” limitado para fundirnos con el Padre/Madre. En ese instante de rendición, descubrimos que el Dios que tanto buscábamos en las alturas es, íntima y primordialmente, cada uno de nosotros.

Al disolverse el miedo a la muerte y cesar la necesidad de controlar los acontecimientos, se abre paso una vida de absoluta libertad, alegría y paz profunda.

Somos Amor en acción, la prueba más viva y resplandeciente de que el Todo Es, Aquí y Ahora.

🠋 Aquí puedes ver la charla sobre “Dios” con Emilio Carrillo en nuestro canal de Youtube.



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Stanislav Kondratiev
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