¿Le podemos pedir más al amor?

Recuperar nuestra sensibilidad para vivir relaciones más libres y auténticas

María Garriga Domínguez
Facilitadora de procesos personales y autora

En el artículo anterior hablamos del viaje que podemos recorrer desde el miedo hacia la libertad. De cómo podemos amar y sentir miedo al mismo tiempo. Y de cómo la liberación emocional nos ayuda a dejar de controlar lo que sentimos para empezar a vivir desde una confianza cada vez mayor en nosotros mismos.

Pero si podemos comportarnos amorosamente mientras seguimos sintiendo miedo, ¿cómo sabemos cuándo estamos amando desde la libertad y cuándo estamos repitiendo comportamientos que aprendimos a considerar amorosos?

Para responder, necesitamos hablar de amor.

Y no me refiero únicamente al amor de pareja, al cariño hacia nuestros hijos o al afecto por nuestros amigos. Me refiero a una forma de relacionarnos con nosotros mismos y con la vida que nace de la sensibilidad, la confianza, la sinceridad y la libertad.

Porque hemos aprendido muchas maneras de demostrar amor. Pero ¿hemos aprendido realmente a sentirlo?

Cuando ser educados significa dejar de escucharnos

Imaginemos a un niño que no quiere besar a un familiar. Y le dicen: “Dale un beso, que te quiere mucho”. “No seas maleducado”. “Mira qué triste se pone porque no le das un abrazo”. El niño termina abrazándolo. Ha aprendido a ser educado. A complacer. A evitar que los demás se sientan mal.

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Pero, ¿qué ha aprendido sobre sí mismo? ¿Qué ha sucedido con aquello que sentía y que le decía que no quería abrazar a esa persona? Quizá acabamos de enseñarle a demostrar afecto dejando de escucharse.

Y esto no ocurre únicamente con los abrazos. También hay frases como “no tienes motivos para estar triste”, “no te enfades, que lo ha hecho por tu bien”, “deberías estar agradecido” o “no seas egoísta”.

Poco a poco aprendemos a sustituir lo que sentimos por lo que deberíamos sentir.

Y terminamos siendo adultos que sonríen cuando están incómodos, aceptan cuando desean negarse y agradecen comportamientos que, en realidad, les duelen.

Hemos aprendido a comportarnos correctamente… Pero, ¿hemos aprendido a ser sensibles?

Porque la educación que nace de la sensibilidad nos ayuda a convivir sin traicionarnos. La educación que sustituye a la sensibilidad nos enseña a representar lo que no sentimos.

Y así podemos convertirnos en personas impecablemente educadas, y a la vez profundamente desconectadas de nosotros mismos.

Un hombre, un coche y veinte euros

Imaginemos ahora a Pedro. Es un empresario al que le van bien las cosas. Acaba de comprarse un coche de lujo y, al aparcarlo en una calle de la ciudad, encuentra a un hombre pidiendo dinero. Se llama Javier. Tiene cincuenta y cinco años y duerme en la calle. Está intentando reunir dinero para viajar a otra ciudad y visitar a su hijo.

Pedro siente pena por él. Es generoso, así que saca veinte euros de su cartera y se los entrega. Javier se lo agradece. Pero cuando Pedro se aleja, empieza a llorar.

Pedro desconoce que Javier también fue empresario. Tuvo una vida acomodada y una familia, hasta que una crisis económica y diversos problemas personales lo llevaron a perder prácticamente todo.

Ahora, al ver a Pedro junto a aquel coche, recuerda quién fue y quién cree haberse convertido.

Se siente fracasado. Incapaz de reconstruir su vida. Avergonzado de necesitar ayuda. Y, además, se siente culpable por estar triste cuando alguien acaba de hacer algo bueno por él.

Pero, ¿qué habría sucedido si Pedro, además de darle dinero, se hubiera detenido a conocerlo? Quizá habría descubierto que ambos habían sido empresarios. Que Javier tenía conocimientos, experiencia y proyectos que todavía lo ilusionaban.

Quizá Javier habría dejado de sentirse invisible y habría vuelto a experimentar que su historia merecía ser escuchada.

Esta escena está inspirada en un encuentro real que viví hace años. Aquel hombre necesitaba dinero, pero también necesitaba sentirse visto. Y descubrí que nuestra conversación podía aportarle algo que ningún billete conseguía darle por sí solo.

A veces creemos que amar es hacer algo por el otro, cuando amar también significa detenernos a descubrir quién es. Amar es prestar atención.

La sensibilidad hacia el otro comienza cuando dejamos de mirar únicamente desde nosotros mismos y empezamos a prestarle verdadera atención.

La sensibilidad no es una costumbre

La generosidad de Pedro puede resolver una necesidad urgente. Pero hay algo más que debemos preguntarnos.

¿Cuántas cosas hacemos porque hemos aprendido que son buenas, correctas o amorosas, sin detenernos a sentir cómo las vive quien tenemos delante?

Regalamos porque es una fecha señalada. Abrazamos porque toca despedirse. Aconsejamos porque creemos saber más. Cuidamos porque nos han enseñado que cuidar es amar. Pero, ¿nos preguntamos qué necesita realmente la otra persona? ¿Y qué estamos buscando nosotros cuando ayudamos?

Quizá queremos ayudar, pero también necesitamos sentirnos generosos, útiles o imprescindibles. Y ambas motivaciones pueden convivir sin que seamos conscientes de ello.

Incluso Pedro podría preguntarse qué representa para él conducir justo ese coche que ha elegido. ¿Es solo disfrute o además necesita que los demás reconozcan lo que ha conseguido?

Vivimos en una sociedad que admira el éxito, la riqueza, el reconocimiento y la superioridad. Nos parece natural mostrar lo que tenemos y compararnos con los demás.

Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cómo se siente quien ha crecido con menos oportunidades.

Imaginemos dos sauces. Uno crece junto a un río, con agua abundante, buena tierra y espacio para extender sus ramas. El otro crece entre árboles que le quitan la luz, con poca agua y apenas espacio para desarrollarse.

El primero se convierte en un árbol espléndido. El segundo apenas consigue sobrevivir.

¿Es el primero un árbol superior? ¿O simplemente ha crecido en condiciones más favorables?

La sensibilidad hacia el otro comienza cuando dejamos de mirar únicamente desde nosotros mismos y empezamos a prestarle verdadera atención.

Cuando cuidar no significa amar

Pensemos ahora en una pareja. Él es un hombre inteligente y resolutivo. Ella lo admira y agradece sus consejos. Pero poco a poco algo empieza a cambiar.

Cuando ella expresa una opinión, él la corrige. Cuando toma una decisión, le explica cómo podría haberlo hecho mejor. Cuando consigue algo importante, él recuerda una experiencia propia todavía más extraordinaria. Si tiene un problema, él se apresura a resolverlo.

Nunca le dice que es inferior. Quizá ni siquiera es consciente de que la está haciendo sentir así. Pero ella empieza a sentirse menos capaz. Consulta decisiones que antes tomaba sola. Duda de sus opiniones. Necesita su aprobación.

Y continúa pensando que él la quiere mucho porque siempre está dispuesto a ayudarla.

Hasta que descubre algo doloroso: cuanto más confía en él, menos confía en sí misma. ¿Es eso amor?

Quizá él la quiera sinceramente, pero necesite destacar porque no aprendió a sentirse valioso de otro modo. Pero sus buenas intenciones no eliminan lo que ella está experimentando.

¿Estamos ayudando a las personas que amamos a reconocer sus propias capacidades o estamos consiguiendo que nos necesiten para sentirnos valiosos?

¿Y si empezáramos a confiar en lo que sentimos?

Volvamos a esa mujer. Cada vez que está con su pareja se siente un poco más pequeña. Pero su mente le dice que debería estar agradecida. Que él la ayuda. Que tiene suerte de compartir su vida con alguien tan preparado.

Y empieza a desconfiar de su propio malestar: “Quizá soy demasiado sensible”. “Seguro que exagero”. “El problema debe de estar en mí”.

¿No es exactamente lo que aprendimos de pequeños? Alguien nos decía que no debíamos sentirnos tristes, enfadados o incómodos. Y nosotros aprendíamos a cuestionar nuestras emociones.

Con el tiempo, ya ni siquiera necesitamos que alguien nos contradiga. Nos contradecimos solos.

Pero si no confiamos en lo que sentimos, ¿en qué vamos a confiar para conocernos?

Una situación presente puede despertar heridas antiguas y provocar un dolor mucho mayor que el que aparentemente corresponde a lo ocurrido.

Pero ese dolor existe. Y merece ser escuchado.

No necesitamos decidir inmediatamente quién tiene razón. Necesitamos reconocer qué está sucediendo dentro de nosotros. ¿Por qué me siento inferior cuando estoy con esta persona? ¿Por qué necesito tanto su aprobación? ¿Por qué me enfado y después me siento culpable? ¿Qué estoy aceptando por miedo a perder su cariño? Y, sobre todo, ¿qué necesito empezar a hacer de otra manera?

Confiar en nuestras emociones no significa convertirlas en jueces de los demás. Significa ver la información que nos dan sobre nosotros mismos.

Liberar emocionalmente nos ayuda a recuperar nuestra sensibilidad

Hemos aprendido a controlar, justificar o esconder nuestras emociones, sustituyéndolas por pensamientos que consideramos más adecuados. Pero la razón y la emoción no son enemigas.

Pensamos sobre lo que sentimos. Y lo que sentimos influye en aquello que pensamos, en lo que deseamos y en las decisiones que tomamos.

Por eso, cuando hablo de liberación emocional, no me refiero únicamente a una técnica para descargar tristeza, miedo o rabia.

Me refiero a un proceso mucho más profundo: recuperar nuestra capacidad de sentirnos y aprender a escuchar lo que nuestras emociones nos están diciendo.

Reconocer y expresar las emociones que arrastramos del pasado. Comprender los mecanismos que aprendimos para protegernos. Y, sobre todo, empezar a vivir experiencias nuevas desde una relación diferente con nosotros mismos.

Porque no basta con entender por qué nos sentimos inferiores si continuamos comportándonos como si lo fuéramos. No basta con comprender nuestro miedo al rechazo si seguimos renunciando a lo que deseamos para conseguir aprobación.

Necesitamos experimentar que podemos vivir de otra manera.

Y entonces pueden aparecer emociones nuevas:

  • La confianza donde antes había miedo.
  • La alegría donde antes había obligación.
  • La espontaneidad donde antes había control.
  • El deseo de compartir donde antes había necesidad de dar o recibir.

No porque hayamos aprendido a pensar que debemos sentirlas, sino porque empezamos a vivir desde un lugar diferente.

Amar es contribuir a que el otro crezca, se reconozca y confíe en sí mismo. Y vernos en ese proceso.

Acompañar al otro a crecer sin necesitarnos

Para mí, el amor tiene mucho que ver con la unión. Con la alegría de encontrarnos. Con la sinceridad, la apertura, la confianza, el afecto y la libertad de mostrarnos como somos.

No es una obligación ni un sacrificio permanente. Tampoco consiste en ayudar hasta convertir el cuidado en una relación de dependencia que nos impida vivir en libertad.

Amar es contribuir a que el otro crezca, se reconozca y confíe en sí mismo. Y vernos en ese proceso.

Es escuchar sin necesidad de tener siempre la respuesta. Ayudar sin colocarnos por encima. Acompañar sin decidir por el otro y reconocer su valor sin exigirle que confirme el nuestro.

Pero sobre todo es aprender a ofrecernos todo eso a nosotros mismos. Porque no podemos construir una relación verdaderamente libre mientras necesitemos someternos para conservar el cariño o dominar para sentirnos importantes.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, dice una conocida enseñanza. Como a ti mismo. No más que a ti mismo. No antes que a ti mismo.

El camino hacia la plenitud pasa por recuperar nuestra sensibilidad, escuchar cómo nos sentimos y reconocer al otro sin dejar de reconocernos.

Así descubrimos que, cuando dejamos de relacionarnos desde el miedo y la necesidad, podemos empezar a hacerlo desde la confianza, la autenticidad y la alegría. Y desde ahí nace el deseo de compartir.

Porque el amor que hace depender a otro de nosotros para sentirnos valiosos todavía tiene mucho miedo dentro.

El amor que nace de nuestra sensibilidad nos permite encontrarnos con nosotros y con el otro de verdad.

Imagen de portada: Cup of Couple



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de Unsplash