El universo arquetípico del niño

El psicólogo humanista Luis Arribas recrea el eneagrama para aplicarlo en la atención infantil

Alejandro Ferro

Imaginemos una rueda dividida en nueve radios convergentes en cuyo extremo exterior se colocan nombres que identifican una caracterología humana. He aquí, simplificadamente, un eneagrama, instrumento del conocimiento con orígenes que podríamos situar en la antigüedad y con resurgimiento en el siglo pasado. Luis Arribas, facilitador de grupos infantiles en el trabajo de la inteligencia emocional, lo ha recreado para su aplicación en la atención de niños y adolescentes. Tal como dice el subtítulo en la portada de su libro “El eneagrama infantil” (Desclée De Brouwer), “para amar sus cambios, apoyar sus procesos y comprender sus caracteres”.

Sí, el eneagrama “es un símbolo arquetípico que reúne y estructura nueve tipos de caracteres, o eneatipos, que a su vez definen actitudes, formas de estar en la vida, de pensar, de actuar, de observar, resumiendo una cosmogonía caracterológica del ser humano”, expresa este madrileño, terapeuta humanista, al inicio de nuestro diálogo.

El diagrama obtenido (el mandala) es dinámico ya que los eneatipos “son interdependientes”, confiriendo cada uno particularidades positivas o negativas al resto, dependiendo de la relación que se puede dar entre ellos.

La idea surgió a partir de su trabajo con más de 15 años de experiencia en terapia, en consulta individual y grupalmente. Recuerda que “veía niños de distinto aspecto físico, fisiológicamente con diferentes cuerpecitos, que tenían una forma muy particular de actuar, y cómo se relacionaban entre ellos”. En algunos encontraba cierta afinidad y capacidad de diálogo; en otros, un poco de aversión. Pero si bien a lo largo de los años no ha comprobado que un niño se parezca a otro, descubrió que puede haber trazas de carácter similares, por lo cual se puso a trabajar con el eneagrama. “Me di cuenta de que avanzaba mucho más en la terapia”, apunta.

Eneagramas corporales típicos

Si bien distingue los llamados eneagramas corporales típicos (gorditos, esqueléticos y atléticos), advierte que hay muchos más. “Los gorditos son aquellos caracteres obsesivos, con mucha ansiedad, no solo por herencia genética; niños muy flemáticos que engullen la realidad tal cual se les ofrece, sin ningún cuestionamiento. Esto les produce el engrosamiento de los tejidos, más psicológico-emocional que por comer”, explica, recordando que “como desgraciadamente estamos en la era del azúcar, estos críos apagan la ansiedad comiendo dulces de todo tipo, chucherías. En España (y en otras partes del mundo también) la obesidad ha aumentado por los malos hábitos alimenticios provocados por la ansiedad”.

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En tanto, los esqueléticos “necesitan saber cuál es su función en el mundo. Tienen mucha autoexigencia, si no hacen todo perfecto sienten que no están a la altura de las circunstancias, lo que puede suponer un gran desgaste a nivel cerebral y físico. Por esa angustia existencial, estos niños tienden a no engordar sino a consumir mucho a nivel proteínico, energético, con cuerpos más delgados”, comenta Luis.

Muy parecidos a los esqueléticos, pero más estilizados, son los atléticos. “Necesitan hacerse notar desde lo corporal, sentirse físicamente en forma, fuertes, para ganar autoestima y autoconfianza desde la imagen física”.

Ahora bien, ¿esto quiere decir que todo se reduce al dicho “genio y figura hasta la sepultura”, o puede haber cambios? La respuesta es alentadora: “El carácter es como una membrana que filtra la realidad, sobre todo en los niños, porque es muy dura para asumir tal como es. Pero esto no significa que con los años lo podamos ir puliendo y mejorando. Optimizar el software de fábrica, pero sin quitarlo”, afirma el terapeuta.

Un tema muy actual, el acoso escolar o bullying, también merece el enfoque desde la mirada del eneagrama infantil. Luis pone el acento tanto en el acosado como en el acosador. El perfil del primero sugiere que “podemos trabajar la autoestima, en la estructura corporal, para que se empodere e impedir que se convierta en otro agresor”, de modo que sepa poner límites y regule las situaciones difíciles. El papel del acosador lo asume “un niño que ha aprendido a sobrevivir en un entorno familiar donde ha aprendido actitudes de agresividad y necesita evacuar esa tensión con otros niños”.

Por esta razón pone el foco atención en que en el bullying, mientras unos, a los que cataloga como “sobreadaptados”, son “carne de cañón para ser víctimas de cualquier agresión y no discuten nada”, los otros “no son niños malos, sino heridos de guerra de un clima familiar”. En otras palabras, “nada es casual”.

Luis también incluye tríadas de eneatipos según los llamados tres cerebros: mente, corazón y tubo digestivo (TBD). “Hice esta distinción porque me di cuenta de que cada uno de estos grupos de eneatipos se asociaban con aquellos”. El cerebro como tal regula con sus miles de millones de neuronas la parte cognitiva conductual, y se vincula con la tríada de la mente, del pensamiento. Aquí las preguntas desafío son “quién soy, para qué existo, y si no consigo ningún tipo de respuesta, me cuestiono mi propia existencia”, explica.

El corazón, por su parte, según unos recientes estudios posee 40 mil neuronas independientes del cerebro, que regulan la parte afectiva. Los eneatipos vinculados con él conforman la tríada homónima o del sentimiento. Las cuestiones son del tipo “cómo me relaciono a nivel sensible, intuitivo, de cariño, con otras personas; cómo me veo en relación al mundo y cómo el mundo me ve”. Luis añade que “el corazón es el cerebro de lo emocional, recibe las emociones antes que el cerebro y las manda al sistema límbico”.

Y el tubo digestivo tiene “diez mil neuronas codependientes del cerebro, que cuando se excitan producen oxitocina, norepinefrina y otras hormonas relacionadas con lo temperamental”. En esta tríada, la del intestino, se incluyen “personas que regulan mal la agresividad y generan hormonas de la irritabilidad”.

Bioenergética

En estrecha relación con el eneagrama, el terapeuta echa mano también de la bioenergética, creación de Wilhem Reich. “Este médico investigador descubrió que en el cuerpo humano hay una energía que circula a través de la sangre, que llamó bioenergía o energía orgónica. Esta puede colapsar en distintos lugares del cuerpo en función de los traumas sufridos desde la más tierna infancia. Donde se bloquea, el cuerpo empieza a sufrir transformaciones para sobredesarrollarse o hipodesarrollarse”, dice.

La bioenergética, que estudia “la estructura corporal, muscular, articular, la forma en que caminamos en función de cómo manejamos la bioenergía, coincide curiosamente con los eneatipos”, según los colapsos energéticos registrados. “Los gorditos, del eneatipo 9, masoquista, indican un carácter que tiende a cargarse todo sobre la espalda. Allí congelan por colapso las emociones, y bioenergéticamente encontramos espaldas anchas, musculatura en tensión, con tendencia a engordar”.

La concurrencia colaborativa del eneagrama con la bioenergética no es la única, según Luis. También se puede dar con otras disciplinas que combinen hallazgos de energía, cuerpo y carácter. De allí que igualmente se dé otro vínculo eventual con el zodíaco astrológico. “El ser humano es una entidad viva que no debemos estructurar con una sola mirada. Podemos verlo también con los signos de tierra, agua y aire. En función de qué grupo eres, tendrás una influencia u otra. Con un mismo ser humano de equis signo con equis eneatipo, podemos sumar las características de ambos”.

Es decir que, en su opinión, el trabajo a realizar a partir de esa cooperación complementaria se convierte en integrativo, ensamblando conocimientos y entendiendo que “hay multiplicidad de disciplinas, que no deberían litigar unas con otras y que vienen a dar una visión integral sobre el ser humano multidimensional. Somos cuerpo físico, mente, energía, emociones; cada dimensión con sus técnicas, ciencias, que enganchan unas con otras en perfecta intercomunicación”.

Y al explicar los aportes del eneagrama en el campo de la inteligencia emocional, Luis resalta la capacidad de resiliencia observada en el campo de la psicoterapia. “Es como un sistema inmunológico a nivel emocional –afirma–. He trabajado con niños que provienen de familias muy destrozadas, de otros países, que dirías que no podrían volver a sonreír o a vincularse con personas, a quererlas. Lejos de eso, han creado vínculos con sus nuevos padres, amigos, poniendo en una carpeta del pasado la historia dolorosa que han sufrido”.

Asimismo, advierte que “si los hubiera diagnosticado con un determinado tipo de trauma nunca hubieran aceptado que eso hubiera ocurrido. Ayudemos a los niños sin categorizarlos”, dice, para agregar: “Me atrevería a decir lo mismo de los adultos porque tenemos el niño interior muy vivo”.

Y cuando los eneatipos se han determinado, ¿cómo sigue la intervención terapéutica? Para Luis, “cuanto más alternativas, mejor; un buen terapeuta honesto debería ofrecer a padres y educadores una constelación familiar, terapia gestáltica, cognitiva conductual… multiplicidad de posibilidades. Porque las psicoterapias van desde las más básicas hasta las más sutiles, el niño puede ir pasando a un escalafón terapéutico cada vez más adaptado a su nivel de recepción. Hay que ofrecer todas las posibilidades para que los padres elijan las que más sintonicen”.

Luis utiliza el eneagrama tanto en terapia como en el ambiente educativo, en colegios. “No me apoyo exclusivamente en él, pero en talleres de grupo, en dinámicas con familias enteras, vemos el movimiento del eneagrama de padres e hijos, siempre con enfoque personal, sin dar diagnósticos porque no les sirve de nada, sino sabiendo en qué podemos trabajar para mejorar el carácter del niño”.



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Stanislav Kondratiev
de Unsplash