Asombro ante lo absoluto

La grandeza de lo que nos envuelve, el escepticismo, la espiritualidad, el compromiso social, entre otros temas, en la visión del filósofo Héctor Sevilla

Aurelio Álvarez Cortez

Doctor en filosofía, Héctor Sevilla investiga sobre la vacuidad, la filosofía de la religión y la mística. Es profesor en la Universidad de Guadalajara (México) y autor de una quincena de libros y un centenar de artículos en revistas de todo el mundo. Kairós publica “Asombro ante lo absoluto”, que da pie al diálogo siguiente, donde rescatamos numerosos titulares, como que la grandeza de lo que nos envuelve se encuentra en las aparentes pequeñeces, o que suponer a un Dios semejante a nosotros es similar a pensarlo como una marioneta.
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Web: hectorsevilla.com

-Parecería comprensible que lo cotidiano no despierta asombro alguno. ¿Nos estamos perdiendo algo?

No existe nada cotidiano, lo cotidiano es nuestra visión de las cosas, la manera con la que las percibimos. Incluso el andar de una hormiga tiene matices y detalles que dejamos de observar. Al no asombrarnos nos perdemos de nuevas significaciones ante las cosas que hay a nuestro alrededor. Vivimos y experimentamos situaciones, pero no agudizamos la mirada para percibir los detalles. Es ahí, en las aparentes pequeñeces, donde se encuentra la grandeza de lo que nos envuelve.

-¿El asombro es el comienzo de una experiencia transpersonal?

-Puede serlo, pero para ello debe existir disposición. Los motivos de asombro llaman a nuestra puerta, pero si la mantenemos cerrada no habrá consideración de lo transpersonal. Incluso el encuentro con otra persona nos podría conducir a la experiencia de lo transpersonal si contemplamos lo que nos une más allá de lo que creemos ser o de lo que pensamos que somos.
La admiración nos sorprende, pero el asombro nos deja anonadados, nos conduce a reconocer el misterio de lo inefable, la intensidad del presente y el gran abismo entre eso y nuestro entendimiento.

-¿Asombro e incertidumbre son dos caras de una misma moneda?

-Son monedas que interactúan entre sí, sin ser las mismas. En un primer momento, el asombro nos contacta con nuestra levedad y eso nos deja en incertidumbre ante lo que nos corresponde hacer en el mundo, ante lo que somos o el papel que hemos tenido.
La incertidumbre genera temor, pero una vez que se la deja estar, entendiendo que es el estado esperable de quien no niega el misterio, adviene un asombro reverente. Ya no se trata de un asombro que nos deja huérfanos y desvalidos, sino uno que no tiene la expectativa de paternidades o de supremacías. La reverencia es hacia lo absoluto y hacia un orden que, a pesar de no comprenderlo, lo podemos intuir.

Portada de “Asombro ante lo absoluto”, de Héctor Sevilla.
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-¿Lo absoluto es lo divino?, ¿es la divinidad? ¿Hay diferencias entre uno y otra?

-La diversidad de las religiones ha promovido diferentes rostros, modalidades o nombres a lo absoluto y de ello derivan las divinidades. No obstante, lo absoluto no se restringe a la particularidad de las representaciones humanas, sean cuales sean, puesto que intentan especificar lo absoluto o encasillarlo en modalidades concretas, lo cual es improcedente.
Si alguien dice conocer a Dios lo restringe a la forma que le ha impuesto, pero eso no es lo absoluto, sino una deformación. Lo absoluto no admite representación alguna, al punto de que incluso la nominación de absoluto es insuficiente.

-¿Es posible entender o percibir lo absoluto? ¿Cómo?

-Si entendiéramos lo absoluto lo seríamos, pero no lo somos por ahora. Lo que percibimos son señales o muestras de lo absoluto, a partir de las cosas concretas, el cosmos, la existencia o la vida, pero todo ello son manifestaciones de algo, no ese algo.
Del mismo modo en que la obra de arte no es el artista, pero nos muestra algo de él, la existencia concreta no es lo absoluto, pero es evidencia de su presencia.

-¿En qué momento aparece lo absoluto en el camino de lo transpersonal?

-Somos nosotros los que aparecemos, pues lo absoluto siempre está ahí. De hecho, aparece nuestra conciencia de que siempre hemos estado también. Lo absoluto no se nos aparece porque lo que ya está presente no puede aparecer. Lo absoluto no es algo que está al final del camino como si fuese un premio por la iluminación lograda, es más bien el camino mismo.

-¿Se puede vivir sin asombro?, ¿qué consecuencia conlleva?

-Cuando se minimizan las cosas que suceden o se observan con trivialidad puede disminuirse la capacidad de asombro. Como todas las cualidades, la de asombrarse también requiere entrenamiento. En el ámbito artístico, si un espectador no está interesado en una obra de teatro, una película, una pieza musical, una artesanía, una pintura, una danza o una obra literaria, no logrará captar las maravillas que están ahí. No basta con que el ojo se entrene para entender el arte, necesitamos sensibilizarnos para palpitarlo. En el mundo místico acontece algo similar, se requiere saber ver, o incluso ver sin ver.

-¿Qué es lo perfecto? ¿Podemos asociarlo acaso con lo absoluto?

-La perfección es un concepto que hemos elaborado para designar aquello que contiene todas las características y méritos que consideramos deseables o apetecibles. La perfección es una etiqueta humana. Lo absoluto no se circunscribe a lo que los humanos entendamos como perfecto y tampoco se delimita a cumplir con el canon que estipulemos. Es por ello que lo absoluto no es perfecto, porque si lo fuera sería algo, un ser o un artefacto, que se alinea a nuestros intereses. Está más allá de toda concepción de perfección.
Los dioses griegos eran afines a lo que en su tiempo se consideraba perfecto y deseable, de modo que fueron asociados con distintas virtudes, disfrutaban de placeres y ejercían su poder en distintos ámbitos de la vida humana. Sin embargo, lo absoluto no se relaciona con los atributos humanos, por más que se suela pensar en divinidades amorosas, comprensivas y cariñosas, a la vez que iracundas y castigadoras.

-Maimónides llegó a decir que Dios no es a nuestra imagen y semejanza. ¿Qué quiso significar?

-En el primer volumen de su “Guía de los perplejos”, Maimónides señala el error de intentar glorificar a Dios a partir de los atributos humanos. Pensamos que la realidad se somete a lo que entendemos; suponemos que lo valioso se enmarcará en nuestra idea de lo que es valioso. Así, nos volvemos dictadores de lo que requiere Dios para aparecer grandioso a nuestros ojos. Todo eso no es más que vanidad.
Suponer a un Dios que es semejante a nosotros es similar a pensarlo como una marioneta. No podemos someter a lo absoluto o disfrazarlo con nuestros antifaces. Nishitani, de la escuela de Kioto, consideró que la deidad no tiene que ver con las representaciones que nos hacemos de Dios.

-El espíritu de la época influye en los pensamientos y sentimientos humanos. ¿Cómo definiría el espíritu de la que nos toca vivir?

-Hay situaciones que no podemos eludir, pero eso es diferente a que nos toque vivirlas de cierta manera. Nuestra vivencia de las cosas que suceden y nos suceden es muy variable. Las personas responden de manera diferente a las circunstancias, por más parecidas que sean. No elegimos lo que sucede alrededor, pero no me parece que esté predefinida la manera de vivirlas. Si pensamos en el Zeitgeist como un estado cultural y situacional de las cosas, me parece que ahora, al menos en torno a la pandemia, nos corresponde reestructurar nuestros paradigmas.

-¿La autocognición o autoconocimiento es una apuesta fallida?

-Es una apuesta limitada, pero no fallida. Justo la postura de que lo humano debe ser absoluto para tener sentido es lo más fallido de todo. ¿Lo que podemos conocer de nosotros es absoluto? No, en definitiva no es así, pero no por ello se erradica el significado y el valor de indagar en nuestras emociones y ser críticos ante nuestros pensamientos. ¿Podemos conocer de manera total a otra persona? No, pero eso no implica que no tenga caso encontrarse con los demás y tratar de saber más sobre lo que les interesa o lo que experimentan. ¿Podemos tener consciencia plena de lo absoluto? No, tampoco, pero eso no debería conducirnos a dejar de indagar.

-En su trabajo esclarece qué es el escepticismo, a tal punto que uno puede pensar que sería de gran utilidad en el mundo contemporáneo.

-Conviene ser escépticos, incluso de esta última afirmación. Dudar de lo que se nos presenta a primera vista, permitiéndonos averiguar o investigar, es un punto de partida óptimo. Quizá no necesitemos dudar de manera contundente de todo, como dudar ahora mismo de que esto es una entrevista, pero sí conviene hacerlo de aspectos que definen nuestra manera de vivir. Podemos y tenemos derecho de ser escépticos y cuestionar si estamos viviendo del modo que lo queremos hacer, si nuestras relaciones son fructíferas, si la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos es certera, si nuestras creencias religiosas son una herramienta para juzgar la fe de los demás y muchas tantas otras cosas.
Es útil ser escéptico ante lo que otros afirman, sobre todo en la desinformación que nos inunda, pero es más valioso ser crítico de sí mismo.

-¿En qué podría servirnos también la propuesta del desapego budista?

-Es curiosa la manera en que está hecha esa pregunta, pues está fundada en la expectativa de que el desapego sirva, justo cuando el desapego mismo debería soltar la necesidad de que sea una herramienta útil o destinada a nuestros fines y controles.
El apego central es pensarnos controladores de lo que sucede y creadores exclusivos de nuestro bienestar. Nagarjuna señaló la incongruencia del bodhisattva que, creyéndose liberado del ego, presumió a sus compañeros que había llegado a la iluminación. En ese sentido, el afán por el desapego puede convertirse en un apego más.

-¿Cómo explicaría que lo esencial del hombre está en sus carencias?

-Con excepción de lo absoluto, todo lo existente tiene carencia. Las carencias humanas son diferentes a las de otras especies. Son nuestras carencias las que nos impulsan a realizar las cosas. Si fuésemos absolutos e imperecederos estaríamos inmóviles, pues solo lo finito tiene movimiento y variación.
Las proezas humanas son meritorias porque suponen haberse sobrepuesto a alguna carencia, una ausencia, una falta o un vacío. Por eso es tan importante reconocerse ignorantes, o carentes de saberes, para poder aprender.

-Dice que “la filosofía es vaga y es mejor que así sea”. ¿Por qué?

-Vaga en cuanto que no nos estipula una manera de vivir concreta en la situación específica en la que estamos. La filosofía no suple nuestro propio ejercicio filosófico. Lo que otros dicen, o la filosofía ya expuesta, tiene vínculos con nuestras circunstancias, pero no es definitiva. No es vaga en cuanto que sea holgazana, sino que no está ni cerrada ni terminada y tampoco se la puede tomar de manera definitiva o dictatorial. Los universalismos en la ética, por ejemplo, no son más que moralizaciones generalistas.

-¿Por qué es imprescindible limpiar la vasija de la mente como primer paso para evitar la distorsión de lo divino?

-Porque la mente, sobre todo cuando es voraz, cosifica lo divino, lo vuelve un utensilio para nuestros intereses. Lo que está en el refractario de nuestros pensamientos se involucra y se impregna de lo que ponemos en él.
Desde luego, parece imposible que comprendamos algo sin los constructos que hemos tomado de nuestros contextos o aprendizajes previos; por ello se trata más de contemplación que de comprensión intelectual, sin importar que para llegar a ese punto se requiera haber transitado por senderos intelectuales.

-Hemos leído mucho sobre la crisis de valores en la sociedad actual. ¿Es una cuestión de valores o de ir más allá del juicio moral?

-Los valores no están en crisis, están en crisis las personas que manejan ese discurso. Tanto ayer como ahora han existido los actos leales, las conductas solidarias y las ofrendas amorosas. La manera en la que actuamos puede variar, pero el acto valorativo sigue teniendo procesos similares.
Los valores existen en nuestra cosmovisión, pero son las virtudes las que deben florecer. No basta con valorar y pensar en lo que es correcto, mucho menos juzgar a los que no se adecúan a ese orden de ideas, sino que es imprescindible actuar de manera virtuosa.
Todos valoramos algo, pero no todos lo llevamos a la práctica y construimos virtudes a partir de ello.

-¿Las estructuras sociales en general conspiran para anular la capacidad de cambio a nivel psico-espiritual?

-No lo vería de ese modo, pues eso construye la noción de que esto es una contienda entre buenos y malos. Más allá de esa elaboración maniquea, conviene percibir que socialmente habitamos una era de consumo en la que se vuelve cada vez más complejo dedicar tiempo al misterio y al asombro. No hay un culpable directo de eso, lo hemos hecho como sociedad. Desde luego existe manipulación de los medios de comunicación y en las redes sociales, pero no tanto para aminorar nuestro desarrollo espiritual, sino para lograr vendernos algo, incluso la supuesta iluminación.
El problema es pensar que todo lo podemos obtener de manera inmediata, sin trabajo y disciplina. Se promueve la vida espiritual inmediata, la belleza inmediata, la sabiduría inmediata, el reconocimiento social inmediato. No obstante, esa abundancia de carencia es a la vez una especie de llamado para edificar de maneras diferentes.  

-¿De qué modo influye la cultura en lo transpersonal?

-El uso de la palabra transpersonal y las nociones que supone remiten a una producción cultural, no hay manera de independizarse por completo de ello y tampoco hay necesidad. Pero lo cultural es el punto de partida, ofrece matices y modula nuestra manera de adentrarnos en lo transpersonal, pero una vez ahí, al menos por instantes, los aprendizajes quedan lejanos y las elaboraciones propias están en segundo plano. Pareciera un juego de palabras, pero se trata de una despersonalización que nos reconcilia con nuestra persona. Se trata de ir más allá de lo personal, pero sin que eso implique negarnos o destruirnos, porque tras la experiencia transpersonal volvemos al ámbito personal.

-¿Qué tan profunda o superficial es la relación filosofía – espiritualidad?

-La espiritualidad es una metafilosofía, pero requiere de la filosofía para no extraviarse. Tanto el filósofo como el místico buscan e indagan, a la vez que saben que no está en sus manos la respuesta que los motiva y no la pueden proferir.
El falso místico y el falso filósofo, ambos conducidos por la vanidad más que por la renuncia y la ofrenda de sí, se perciben contrapuestos. La distancia es únicamente ilusoria.
El rigor del filósofo no es obstáculo para reconocer su límite y adentrarse en lo misterioso. El compromiso del místico no es contrario al esfuerzo por poner palabras para tratar de explicar lo que vive, aun sabiendo que no lo logrará.
La espiritualidad sin filosofía es fanatismo; la filosofía que renuncia a lo inefable está en una fase adolescente.

-¿Cada momento es sagrado?

-No lo creo, hay momentos que no son dignos de veneración y respeto. Lo que es absoluto es el presente, pues siempre es y se mantiene siendo. El carácter de sacralidad es otorgado por el hombre o la mujer, la sustancialidad de lo divino en el tiempo no sigue esa regla.
El tiempo es sin nosotros, el momento nos interpela a nosotros. Solemos decir que el tiempo pasa, pero somos nosotros los que transcurrimos a través del tiempo, que de cualquier manera seguirá.
Los momentos se van con nosotros, habitamos el tiempo mediante momentos que están secuenciados entre sí.

-¿Qué es el ojo del corazón?

-Es el visor de lo sintiente.

-Desde que se hizo famosa la película Matrix muchos entendieron el concepto de despertar, no necesariamente como se entiende en tradiciones orientales. ¿Buscamos algo que se posee de antemano?

-Ahora mismo, mientras respondo esta pregunta o mientras alguien lee, poseemos y vivimos cosas de las que no somos conscientes hasta que nos detenemos a contemplarlo. Hemos recibido mucho, hemos vivido demasiado, pero no siempre tenemos claridad del modo en que eso nos ha cambiado.
Las respuestas llegan si las buscamos, a ellas les agrada presentarse cuando son deseadas, pero hay que desearlas al punto de que podamos centrarnos y focalizarnos lo suficiente.
Todo lo que buscamos ya lo hemos poseído en cierto modo, porque de no ser así no nos interesaría encontrarlo. El que anhela aprender ya ha aprendido. El que se dispone a amar ya está amando. El que trabaja por mejorar ya ha mejorado. El que se prepara para perdonar ya ha perdonado.
No hay algo que busquemos y no lo tengamos en cierto modo, porque no hay manera de emprender la búsqueda de algo que ni siquiera hemos intuido. El viaje principal no supone llegar a otro lado, sino volver al punto de partida.

-¿Quizá creamos en algo que nos hace sentir mejor, por falso que pudiera ser, antes de no creer en nada?

-Me parece al revés. Primero necesitas no creer. Cuando has vaciado tus bolsillos mentales de los ídolos que lo habitaban, solo queda la nada. Pero la deidad habita en el vacío. Eso es trascender la creencia, es intuir, a pesar de que has desfundado las creencias. En ese punto aprecias que hay algo innombrable que no se sujeta a tus palabras y que el silencio es dador de significados. Justo eso, atreverse a contemplar cuando solo hay oscuridad, es lo que distingue al místico del religioso, quien busca signos, formas, ritos y modos.
No necesitamos esforzarnos para relacionarnos con lo absoluto, no hay manera de no hacerlo.  

-¿El fanatismo religioso no es diferente del racismo, por ejemplo?

-El racismo se centra en las diferencias genéticas, pero pierde de vista que ahora mismo somos una gran combinación de ancestros y grupos. El fanático religioso excluye y condena a los que no creen en lo que él cree, pero pierde de vista que las religiones se han construido a partir de sistemas de pensamiento ya existentes.
Los tres monoteísmos centrales, por ejemplo, coindicen en la idea de que Dios es Uno. En cierto modo, al menos en esencia, están creyendo algo similar, pero el problema viene en la apropiación particular de la creencia.
El problema no son las creencias, sino la imposición de las mismas y volverlas un ejercicio de poder y control. Tal como tenemos una gran variedad de orígenes (lo cual es comprobable con un examen de ADN), ninguna creencia religiosa es del todo pura o autónoma.

-¿La vida espiritual no está excluida del compromiso social?

-Por el contrario, sin compromiso social no existe vida espiritual. Asilarse sin ofrecer beneficio alguno a los demás no es propio de alguien que vive en conexión con lo absoluto, sino de alguien temeroso. Desde luego, se requiere cierta renuncia y soledad, pero no de manera completa o por indiferencia.
Todo momento de retiro se complementa con ocasiones de entrega y corresponsabilidad social. Es equivocado pensar que alguien que no ha logrado empatizar con otro ser humano haya logrado sintonizar con la deidad.

-¿La empatía, una de las actitudes que postula ante el asombro, puede llevarse al “extremo” de integrar nuestra propia sombra, como decía Jung?

-La idea de la sombra es muy didáctica porque alude a aspectos que nos acompañan a donde vayamos. Pero aquello que se nombra como sombra en realidad no está ajeno a nosotros, también somos eso. No es algo que nos acompaña o que reflejamos como desprendimiento de nosotros, así que no necesitamos integrar todo eso: ya está integrado de antemano. Lo que corresponde es no negarlo.
Es infantil pensarnos como seres que emanan luz y paz constantemente, como si todo nuestro ser estuviese conformado de cualidades. No lo creo así, esa es una deformación de lo que somos, bastante trivial y mercantil.
No somos productos que necesiten venderse, somos seres que necesitan aceptarse con todo lo que contienen. Solo una visión que supere la fragmentación nos permitirá ser empáticos con las oscuridades de los demás. 

-¿Puede explicar la idea de educar en el holismo?, ¿de qué trata?

-Educar en el holismo consiste en percibir la fragmentación que hemos hecho del conocimiento y de las cosas, para así poder integrarlas nuevamente. De acuerdo con Ana María González, educar de manera holística implica: a) aceptar la condición cósmica de lo humano; b) promover la conciencia comunitaria; c) desarrollar la conciencia social; d) impulsar la conciencia planetaria; d) facultar la dimensión espiritual/trascendente de la conciencia.
Como puede verse, es algo que va más allá de la elaboración multidisciplinaria de un programa de estudios.



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Stanislav Kondratiev
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