No todo viene de familia

Las Constelaciones Familiares pueden aplicarse a enfermedades físicas, también combinarse con la homeopatía o incluso integrarse en los servicios de clínicas psicosomáticas, como sucede en Alemania. Estas experiencias son presentadas por Peter Bourquin, pionero en España de dicho enfoque sistémico

Quién es

De origen alemán, Peter Bourquin reside actualmente en España, donde es uno de los pioneros en Constelaciones Familiares. Terapeuta de enfoque gestáltico e integrativo, desde 2001 imparte formación en Constelaciones Familiares y colabora en la formación y supervisión de profesionales con diversos institutos en España y Sudamérica. Es fundador y director de ECOS, Escuela de Constelaciones Sistémicas, y autor de "Fuerzas que sanan", de Desclée De Brouwer, entre otros libros.
Contacto: [email protected]

Aurelio Álvarez Cortez

-¿Cómo pueden aplicarse terapéuticamente las Constelaciones Familiares en distintas áreas de la atención de la salud, Peter?

-Las Constelaciones son un método que hace rápidamente visible dinámicas que ocurren entre personas o en la persona misma. En ese sentido, no sorprende que cuando surgió, fuera también utilizado para entender mejor cuestiones vinculadas con enfermedades.

-Ante la vida y la muerte siempre está el misterio, la incertidumbre. “Hay que ser humildes”, se lee en un fragmento de “Fuerzas que sanan”.

-Observo dos diferentes formas de comprensión del ser humano. Una, predominante, que sirve tanto en alopatía como en ciertas áreas de la psicoterapia, comprende al ser humano como algo mecánico. Si algo no funciona, vamos a arreglarlo para que lo haga correctamente. Si llevo mi coche averiado al mecánico, me dice que lo deje y que en un par de días andará sin problemas. Ahora bien, el ser humano no es una máquina, sino un ser vivo en el que todo es proceso, movimiento, por lo cual no se trata de reparar nada. En esta otra forma de comprensión no hay reglas para solucionar problemas, no se puede pensar que “si hago esto conseguiré este resultado”. Cada persona es un mundo y como terapeuta puedo acompañar al otro en el encuentro con su mundo, con su realidad. Y confío vigorosamente, por la experiencia, en las fuerzas internas de cada persona para sanarse. Pero yo no soy quien tiene el poder de cambiar la vida a nadie, esta es una imagen que viene del mundo mecanicista, una ilusión. Y de ahí la humildad.

-¿Identidad y salud son dos conceptos inseparables?

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-Las Constelaciones tienen mucho que ver con reconocer la realidad tal como es, y en consecuencia reconocerme tal como soy. Vista la enfermedad en el paradigma psicosomático, si tengo un conflicto interno que no resuelvo, lo manifiesto en mi cuerpo. Desde ahí podemos decir que ese conflicto interno se vincula con mi identidad, quien soy y quien creo que soy, que no es lo mismo. Vivimos en un mundo con muchísima exigencia: cómo debería ser yo con mi pareja, cómo debería ser yo en la sociedad… y si esto no está en sintonía con mi ser, surgen problemas. Vamos por un camino de encontrarnos a nosotros mismos, y ojalá lleguemos a ser quienes somos, como decía el antiguo poeta griego Píndaro. Cuanta menos distancia logras que haya entre quien crees que eres y quien eres de verdad, entre tu imagen del mundo y el mundo real, mejor será tu vida.

-¿Aceptación y asentimiento son condiciones fundamentales para saber quién soy, para reconocerlo, asimilarlo, y llegar a la curación de una enfermedad, recuperando el equilibrio perdido?

-No es fácil… Puedo aceptar a alguien, pero quizás no quiero saber nada de él. Asentir es más profundo, un gran sí interno. Asentirse a sí mismo, con nuestras luces y sombras, con nuestro amor y dolor, no es sencillo. Ahí surgen conflictos que pueden derivar en enfermedades. Pero en el fondo es una elección. Para algunos es más importante funcionar bien, aunque esto signifique no asentir a necesidades propias y sacrificar incluso su salud. Por ejemplo, quien quiere tener una carrera ambiciosa y exitosa, sacrifica mucho para alcanzar este objetivo. Observo en personas que están en un proceso de terapia profunda, es decir no solo para reparar disfunciones sino también para entenderse y sanarse, que un posible efecto es que luego de la terapia se vuelven menos eficientes, no sacrifican todo para lograr sus metas. Repito, es una elección.

-¿Podemos decir que todo lo que ocurre en el cuerpo tiene un sentido?

-Si no pensamos en términos de causa-efecto, sí. “Tengo una enfermedad, algo he hecho mal”, creer esto nos puede volver locos. En cambio, ante un síntoma puedo preguntarme: “qué me quiere enseñar, qué puedo aprender”. Son dos formas diferentes de relacionarse con una enfermedad.

-¿Existe una ganancia secundaria, inconsciente, en la enfermedad?

-Vino a terapia una mujer, enfermera, de unos 50 años, con síntomas de depresión. Cuando miramos qué función tenía la depresión en su vida, qué beneficio le aportaba, rápidamente llegamos a su situación profesional. Había trabajado muchos años en el hospital y estaba “quemadísima”. Gracias a su enfermedad tenía la baja laboral, y en consecuencia no iba al hospital. Si no observamos esto y la ayudamos a superar la depresión, el resultado sería que volvería a trabajar y seguiría con el mismo conflicto anterior. Entonces no se trataba de ver a la depresión como un problema sino como un intento de solución su síntoma, ver para qué le había servido, y qué solución alternativa podíamos encontrar para que no estuviera enferma. En este caso la alternativa fue que dejara el área de urgencias, en donde hasta ese momento se había desempeñado, e ir a otro lugar, más tranquilo, y además reduciendo el horario laboral. Cuando hizo estos cambios, pudo volver a trabajar, la depresión no tenía el mismo sentido de antes y poco a poco ella se fue recuperando.

-¿Cuándo no se puede constelar? ¿Hay límites?

-Sí hay límites. En casos de enfermedades mentales graves, como psicosis, y de desequilibrios emocionales que no están suficientemente sostenidos. Una Constelación es una vivencia intensa, emocional, y puede perturbar a la persona que ya está allí manteniendo su equilibrio con mucho esfuerzo. No trabajaría con personas con un cuadro psicótico, a no ser que estén medicadas y con un año de estabilidad. He tenido una alumna en mi formación con un diagnóstico psicótico, pero medicada y estable, y sacó provecho, funcionó muy bien. Y las drogas, como el alcohol, la heroína, etcétera, son otro límite. Tienen un efecto muy desestructurante y requieren un proceso prolongado para recuperar una suficiente integridad, para que la persona se haga responsable de su vida y pueda llevar adelante procesos terapéuticos. En estos casos la pregunta es en qué punto está esa persona. Otro ejemplo serían casos de anorexia y bulimia, que requieren un proceso de sanación al que las Constelaciones pueden contribuir, pero que por sí mismas no pueden resolver nada.

-¿Hasta qué punto podemos estar afectados por los postulados familiares, por sucesos de la historia familiar?

-Todos, sin excepción, estamos influidos por nuestra familia. La idea de que estamos libres de la familia es un espejismo. No obstante, seguir líneas que ya fueron trazadas por nuestra familia no es un problema. Sí lo es cuando empezamos a sufrir física o emocionalmente haciéndolo. Me encuentro con personas que ven a su familia como un problema, algo que les ha fastidiado la vida. En primer lugar, ignoran que la familia es su fuente de vida; tú, yo, todos no estaríamos aquí sin nuestra familia, con sus luces y sus sombras. En ese sentido, tras preguntarme “¿sufro por eso?, ¿ me fastidia, dificulta mi vida?”, solo si hay una respuesta afirmativa vale la pena mirar si hay un trasfondo transgeneracional, si todavía algo influye en mí y, sin darme cuenta, soy leal con alguien de mi familia o con algo que ha ocurrido, y lo repito. Puedo mirar atrás si en el presente no encuentro solución, pero no todo viene de la familia, de ese pasado.

-La epigenética dice que no estamos sentenciados por los genes.

-Es una comprobación desde la ciencia que la influencia de generación en generación existe. En Constelaciones y otras terapias también esto se ha demostrado desde hace décadas. A través de la epigenética vemos que no solo se transmiten generacionalmente problemas o dificultades, sino también la fortaleza y la vitalidad. Por ello no debemos entenderlo como algo negativo, sino que hay una transferencia de secuelas, que por otra parte han hecho que nuestros antepasados pudieran sobreponerse ante situaciones adversas y así seguir adelante. Si mis padres y abuelos vivieron de una manera no significa que yo lo haga también así. Las respuestas que ellos encontraron en su tiempo ya no me sirven, formamos parte de una sociedad que está cambiando muy rápidamente y que requiere nuevas respuestas. Durante siglos la vida era tal que lo que funcionaba para los padres, funcionaba para los hijos: vivían en las mismas casas, a menudo con el mismo oficio… Hoy ya no. Un joven no entiende la vida sin Internet, sin móvil, sin realidad virtual. Esto sus padres no lo conocieron y sus abuelos menos todavía. Cada generación necesita nuevas respuestas.

-¿Y esas respuestas de dónde salen, cómo surgen?

-Buena pregunta (risas). Salen del contacto con la realidad, con el momento presente, no nos sirven las respuestas del pasado. En todo caso, deberíamos comprobar si todavía son válidas. Una respuesta funciona en contacto con el momento actual. Las respuestas incluso están en el futuro, no son una prolongación del pasado, uno percibe lo que la vida espera de uno, que viene del futuro, e intenta dar respuesta a ello.

-Las curaciones espontáneas son ignoradas por la ciencia porque no hay una explicación racional (todavía). Obedecen a que son el resultado de un cambio en el sentir, el pensar y el actuar, dice uno de los artículos incluido en tu libro.

-Si se manifiesta un cambio, es consecuencia de algo. Paradójicamente el cambio consiste en asentir a uno mismo tal como es, en lugar de intentar cambiarse a sí mismo. Cuando me asiento a mí mismo o a mis realidades, aparentemente no cambio, pero después todo cambia.

-Un hacer no haciendo…

-Sí, porque el hacer es una idea mecanicista. No somos máquinas. Asentir a uno mismo y al mundo tal como es, tener el menor espacio posible entre la realidad y mi imagen de cómo debería ser la realidad hace que uno esté en sintonía, con mayor bienestar y salud.

-Rechazamos el dolor, el sufrimiento, y tratamos de evadirnos. ¿A través del asentimiento el dolor puede transformarse?

-Nadie quiere sentir dolor, lo evitamos todo lo que podemos y de ahí las distracciones los analgésicos y las adicciones, para no sentirlo. Mi trabajo me ha enseñado que cuando evito el dolor, causo y perpetuo un sufrimiento que puede durar toda mi vida. Si entro en contacto y me enfrento con él, puede ser una experiencia intensa, desgarradora, pero breve, y libera. Y sorprendentemente, detrás de todo dolor se esconde un amor.

-¿Un amor?

-Si alguien tiene una relación muy dolida con su padre, su madre o su pareja, esa persona le importa. En el caso de que fuera un desconocido no le importaría demasiado. Si trabajamos esa relación y llegamos al fondo, veríamos que detrás del dolor se esconde un amor. Un amor no solo hacia el otro sino también hacia sí mismo. Llegar allí da paz a esta relación.

-También rechazamos la muerte. En otros tiempos moría alguien, se lo velaba en la casa, estaba la familia presente, los amigos, el barrio. Hoy se oculta, cuanto más rápido y menos visible, mejor. Hasta desde el punto de vista médico la muerte es como un fracaso.

-Entonces todos vamos a fracasar porque no hay una vida eterna. Una función de la enfermedad es hacernos morir. El 96% de los fallecimientos se debe a enfermedades. No obstante, la muerte es lo que hace a la vida preciosa. El hecho de que mi vida esté limitada y que ignoro cuánto tiempo me queda, hace que la vida sea bella. Y eso ocurre gracias a la muerte. Es sensato en la vida cuidar las relaciones, no solo con los seres queridos sino también aquellas que son menos visibles pero no menos importantes, por ejemplo con la vida, y con la muerte: la tengo en cuenta y me es un buen consejero, me ayuda a distinguir lo relevante de lo que no lo es.

-¿Cuál fue tu intención al escribir este libro con trabajos aportados por tantos colegas?

-Me fascinan las posibilidades en que las Constelaciones pueden contribuir a la salud, especialmente en el campo de la salutogénesis, donde pueden tener un papel relevante. En Alemania tienen veinte años más de recorrido al respecto, mientras que en España estamos todavía en una fase incipiente. Quería recoger esta experiencia. Para dar un ejemplo, en Alemania existen varias clínicas psicosomáticas con tratamientos en los que se utilizan las Constelaciones de forma integral, en España no hay ninguna. Otro ejemplo: mi colega Harald Homberger, trabajando como psicólogo en la oncología, acompañó a lo largo de ocho años a unas 600 personas con cáncer utilizando las Constelaciones.
Mi objetivo es facilitar esta información y hacerla accesible, tanto para quienes trabajan con Constelaciones como para aquellos que quieren cuidar su salud, tratar una enfermedad física, o que trabajan en campos como trastornos alimentarios, enfermedades mentales, etcétera. Que sea una inspiración en un tratamiento más integrador, y que conozcan cómo podrían contribuir las Constelaciones en la salud de sus pacientes.

-Curiosamente, tu libro aparece en un momento en que en España se cuestiona desde algunos sectores las terapias complementarias o alternativas. Ya que hablas de Alemania, por lo visto allí eso no sucede, ni oficial ni privadamente.

-En Alemania hay clínicas de 200 camas con ese enfoque integrador, no hablamos de algo pequeño o insignificante. La acupuntura y la homeopatía son valoradas en el tratamiento de las enfermedades, y no es por rigor científico sino más bien por sentido común. Me gusta ver allí de qué forma relajada convive el tratamiento tradicional con los alternativos, y la alopatía con la homeopatía. Hay una comprensión de que todo suma, no quita. Además, confío en la sabiduría de la gente, una experiencia de que algo me hace bien me convence, y no hace falta que haya estudios científicos que me lo comprueben. Cuando los críticos hablan del “rigor científico”, se refieren a un paradigma mecánico-materialista del ser humano que me parece inadecuado para comprendernos. Según los estudios científicos, el amor no existe…

Foto: gentileza Sati Mesa



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