Poesía tragicómica

Payaso por ineludible inspiración y facilitador de un trabajo terapéutico que ha integrado Claudio Naranjo en sus programas SAT, Alain Vigneau cuenta en "Clown Esencial. El arte de reírse de sí mismo" (Ediciones La Llave) las experiencias de cómo el ser humano puede transparentar su ser

Quién es

Alain Vigneau (Francia, 1959), creador de la compañía La Stravagante, se ha presentado en numerosos festivales de teatro de España, Venezuela, Méjico y Gabón. Con la ONG Payasos sin Fronteras ha actuado en Guatemala, Namibia, Nicaragua, El Salvador e Indonesia. Es profesor de drama y clown en el máster de arteterapia de la AEC/UVIC (Barcelona) y cofundador del centro Conciencia y Artes Escénicas, de Puebla de los Ángeles (Méjico).
Discípulo y colaborador de Claudio Naranjo en los programas SAT de España, Méjico, Alemania, Francia, U.S.A, Brasil y Rusia, actualmente se dedica a la investigación en los ámbitos terapéuticos y artísticos del mundo del clown y es reconocido internacionalmente como uno de sus mayores exponentes.
Contacto: [email protected],
www.clownesencial.com

Aurelio Álvarez Cortez

-¿El clown es un atentado contra el ego?

-Me lo dijo un alumno, “este trabajo que haces tú es un atentado contra el ego”. Clown Esencial (C.E.) es el club de los patéticos; es ser patético y aun así tener derecho a pertenecer, algo muy anti ego. El ego es un especialista en manipular para pertenecer y aquí se trata de pertenecer sin manipular, sin vender nada.

-¿Para desestabilizar al ego usas la imagen del payaso?

-Utilizo la nariz roja del payaso. Como es una máscara, puedes tomar otra identidad, esconderte detrás de ella. “No soy yo, es él o ella”. Llevar esa nariz da libertad, permite la transgresión, el atrevimiento, te muestras de otra forma, con ella encontramos la esencia. En teatro lo hacemos desde un personaje, poco a poco, a través de una forma física, un texto, pero aquí, de golpe, al colocarte la nariz los demás ya te ven con esa máscara. Así la persona alcanza una expresión de su ser muy rápidamente para llegar a otro lugar, que con otras técnicas se logra con más tiempo. C.E. es el atajo de la línea recta, llegas incluso antes de haber partido. Y como se desvela una intimidad profunda, tan pronto, hay que tener mucho tacto en el acompañamiento.

-¿Cómo llegas a integrar este enfoque tan original, tragicómico y trascendente a la vez?

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-Clown Esencial es como un río, tiene cuatro afluentes: primero, mi historia personal. Si no hubiera vivido lo que viví, hay temas personales que ni me atrevería a incursionar. Segundo, mi carrera artística. He pasado 23 años sobre los escenarios. Tercero, mi propio recorrido terapéutico. Tuve que ir a terapia muchos años, y los que me faltan. Y cuarto, mi vida personal de la edad adulta. Tengo 56 años, cuatro hijos de tres matrimonios, cuatro nietos y un quinto por llegar… he pasado por numerosas experiencias, con muchos km en el cuentakilómetros.

-Al principio te dedicaste solamente a ser payaso…

-Me hice payaso porque no encajaba en la sociedad, no veía el lugar donde me podía incluir. Fui hacia el arte en un impulso de hacer algo con mi locura, algo que me pudiera dar de comer. Ya tenía dos niños pequeños. Luego se añadió la experiencia técnica, artística, de estar tantísimos años sobre los escenarios, de hacer reír al público, de entender cómo funciona el humor, viajar…

-Alguien que influyó decididamente en tu profesión ha sido Claudio Naranjo, reconocido como uno de los referentes en el mundo terapéutico moderno.

-Sí. Hubo dos personas muy importantes en mi recorrido: a Claudio lo conocí a través de su programa SAT y me invitó a acompañarlo, a ser un colaborador suyo, hace ya diez años, y Rosine Rochette, una terapeuta Gestalt de París, antigua actriz del Théâtre du Soleil, una persona mayor con muchísima sensibilidad. Cuando la conocí, me enamoré de su trabajo, ella me presentó en un plato servido lo que yo tenía en la cabeza, ¡era lo que yo quería hacer!

-Clown Esencial es… en dos palabras, como si se tratara de una frase en un cartel promocional.

-“La celebración de la tragicomicidad de nuestro desesperado intento para ser nosotros mismos”.

-En tu libro Afirmas que “existimos por el otro, soy en función del tú”.

-Me refiero a un aspecto muy importante que es la presencia del otro. En C.E. se produce un fenómeno de exposición al otro, fundamental, casi violento de tanta transparencia.

-El público, como llamas al grupo en C.E., alcanza un estatus especial.

-Es como si se tratara de un útero de acogimiento, muy sensible, que dice enseguida, inicialmente, a la persona que está delante de todos que no está en su verdad, porque es muy frecuente y legítimo que frente a un grupo uno quiera tener recursos, usar sus técnicas de manipulación, de seducción, del personajillo de siempre. Yo le doy voz al grupo para que, desde un lugar respetuoso pero claro, diga “no, nos estás vendiendo un personaje, que lo estamos viendo”, y aun así acoge a la persona en un espacio donde no hay juicios. Se le devuelve el derecho de ser como es y, desde este lugar, restituirle su pertenencia al mundo. Decimos “ok, eres así, rígido, confuso, orgulloso, paranoico… así te vemos, así te muestras y así está bien. Para nosotros, está bien tal como eres”. En este momento el ego se tambalea al no estar preparado para esta respuesta. La persona se relaja, permitiendo otro tipo de cambio.

-Entre otros ejercicios incluyes “la UCI emocional”, donde se produce un abrazo arcaico.

-Es parte del trabajo que se hace sin nariz (de payaso), donde nos dedicamos a un cuidado intensivo personal gratis, provocando el encendido de todas las alarmas… ¡No estamos entrenados para ser cuidados gratuitamente! La persona piensa “van a querer algo más”, “no va a durar”, “no me lo merezco”… Se hace un trabajo sobre el niño interior a través de ositos de peluche en el cual la persona puede volver a abrazar su niño desde un lugar genuino, reconociendo esa figura que hay en su interior. Un trabajo profundo que también es otro atentado contra el ego, transformador para quien recibe y también para quien da. Estoy muy de acuerdo con Claudio Naranjo en que somos mucho más amorosos de lo que aparentamos o creemos ser. Sufrimos mucho más por no poder amar tanto como sentimos que podemos hacerlo, que por el hecho de no ser amados lo suficiente.

-En este aspecto, señalas que un adulto que restaura, recompone, su niño interior se vuelve más completo, sin que se infantilice.

-Hay muchos clichés en este tema y algunos piensan que por trabajar con el niño interior van a ser más infantiles, es un error. La idea es restaurar las energías de la infancia para ponerlas al servicio de la conciencia adulta. Obviamente, no somos niños ya, sino adultos. Por eso, primero debemos identificar estos componentes de nuestra infancia, como la creatividad, la espontaneidad, el gozo por el descubrimiento, la ligereza, el atrevimiento… para poder ponerlos a nuestro servicio cuando los necesitemos. No se trata de ser niños cuando tenemos 40 o más años. ¡Cuántos cambios se dan en una persona mayor cuando de pronto vuelve a adueñarse, a apropiarse de su espontaneidad, de su creatividad o ligereza! Hace poco una periodista me decía: “¡Qué bien!, los payasos ponen al mal tiempo buena cara”. Yo le respondí: “No, al mal tiempo mala cara, porque si no a la buena cara no llegaremos nunca”. Quedó en shock (risas).

-El niño interior inspira mucho respeto…

-Hay quienes tienen una “alarma de seguridad” que advierte “yo a estos lugares no vuelvo”, y es muy respetable. En Brasil, México y aquí mismo, en España, hay infancias durísimas. Hay que legitimar esto, ir paso a paso. Si uno tenía 100% de espontaneidad, por ejemplo, y luego con 60 años brilla en una improvisación de clown, delante del público, con un cinco por ciento de esta espontaneidad, ¡qué ganancia maravillosa!

-¿A qué llamas “contratos secretos”?

-Los que hacemos en la infancia. Tengo la certeza de que el niño/niña, dice algo así: “Ok, en medio de este caos que hay aquí, mi familia, el mundo, voy a vivir, pero lo que yo pago, lo pagarán ustedes. Si crecer para mí no ha sido gratis, tampoco lo será para ustedes”. Es un contrato inconsciente. Algunos recuerdan el momento preciso en que lo hicieron, pero a menudo es inconsciente hasta que en C.E. ponemos el dedo encima y el adulto empieza a mirar su neurosis desde este lugar. Se asombra al ver cuánto hay de este contrato en su comportamiento con el mundo, cuál es su manera de hacerle pagar por aquello que él mismo pagó en su tiempo. .

-Colaboras con Claudio Naranjo. ¿Cómo es tu aporte en sus actividades?

-Me propuso acompañarlo y me ha metido en todas las salsas, participo en los SAT de muchos países. Claudio ama el arte, le tiene fe como elemento poderoso de cambio, y es artista. Con Clown, mi aporte es a través del trabajo del niño interior y la ridiculización amorosa del ego. El libro es un encargo suyo, me lo pidió para documentar mi trabajo. Una de las mayores enseñanzas que he recibido de Claudio, aparte de la música, porque me entiendo con él a través de la música muchas veces, es no tenerle miedo al caos. En el curso del trabajo hay momentos de mucha descarga, mucha locura, y hay que confiar en que ahí se está asentando un orden. Todavía me sigue asombrando la fe que Claudio sigue teniendo en el ser humano.

-El humor que propones, en vez de evitar, indaga en la búsqueda de la paz…

-Sí, es un humor que ve. Habitualmente, ante una situación embarazosa usamos el humor para evitar el silencio, para no hablar del asunto que hay que tratar, y este no es el caso. En C.E. es un humor de celebración de nuestro patetismo genuino.

-¿Qué es el clown zen?

-Un ejercicio en el que volamos en un trapecio sin red. Es estar frente a la mirada del grupo en una actitud de transparencia, de naturalidad. Por eso es zen, nada. Es encontrarse “desnudo”, flotando en el vacío con un cordón umbilical que es la mirada del grupo, sin juicio. El grupo acoge a la persona como diciendo “vale, te das cuenta de que estando así también te damos una pertenencia, te hacemos parte de nuestro mundo”.

-También trabajas con el cuerpo genealógico, un cruce con la creación de Bert Hellinger.

-Hay un cruce desde el punto de vista técnico. En alguna circunstancia hago clownstelación y funciona igual que las Constelaciones. Representamos un hecho no solo con personajes sino con elementos con la nariz roja, que mucha ingenuidad. Por ejemplo, tomamos el tema de la vergüenza en el cual cada persona que entra en el cuadro representa una parte de la vergüenza. Una puede decir “soy el silencio de la vergüenza”, otra “soy la castración de la vergüenza”, otra “soy el dolor de la vergüenza”, y todo esto con la nariz roja, que da ingenuidad, no comicidad, que es muy distinto. Todo lo sistémico se basa en inclusión/exclusión y en equilibrio de fuerzas, y en C.E. también porque lo que nos importa es pertenecer tal como somos.

-Dices que la vergüenza es la sombra mayor, el antídoto del aquí y ahora.

-Peor aún que el dolor de sentir lo que sentimos, lo que nos hace más daño es la vergüenza de sentir lo que sentimos. Si tuviésemos la suficiente libertad y distancia frente a nuestro ego para poder expresar lo que sentimos cuando lo sentimos, obviamente nuestras relaciones serían otras, nuestro vínculo con nosotros mismos y el resto del mundo sería totalmente diferente. El mundo en este sentido sería muchísimo más sano. Sentimos rabia, pero parece que no está bien, no se lleva… Sentimos confusión, pero parece que soy el único en sentirla, los demás parecen listos, entonces lo que me hace daño no es sentir confusión sino la vergüenza por sentir confusión. Yo invito los participantes a expresar lo que sienten en el momento, y la nariz da este permiso, porque están bajo la máscara de la ingenuidad, donde no hay juicio.

-Te muestras convencido de que vivir es incomprensible, pero es bueno.

-En la Fnac de Alicante presenté el libro y pedí que levantaran la mano quienes entendieran algo de la vida. Sólo uno lo hizo, estaba en el fondo de la sala, no lo veía nadie, si hubiera estado en la primera fila quizá tampoco hubiera alzado su mano. No entendemos nada de la vida, porque ella nos sobrepasa en muchísimo, y por eso inventamos dioses y allegados… Me consta que hacemos esfuerzos para intentar entender algo, y es legítimo, pero nos sana devolvernos un placer arcaico como el de estar en la vida sin entender nada, a conciencia de que no entendemos nada. No controlamos nada en absoluto, venimos aquí, son cuatro días, pero ¡qué sanación cuando lo celebramos que es así y desde ahí sabemos que vivir es maravilloso, no hay nada más bonito, este fenómeno de sentir un corazón que late!

-Como expresas en el libro, “somos merecedores de estar por el simple y gran hecho de ser”.

-Somos un milagro con patas… (risas).

-“Y el payaso llega para decirlo con una poesía en la acción”, según Henry Miller.

-Mi trabajo es profundamente poético, como mi libro, según Claudio, porque la poesía es un desfase con la realidad, décalage como decimos en francés. Mi trabajo está en décalage con la realidad. La realidad no me interesa, está ahí, la veo e invento otra lectura. Cuando las personas se visten con ropas ridículas, con su nariz de payaso, y están frente al grupo, hay miradas, palabras dichas a la mitad y basta el imaginario de los demás para completarla. Ahí hay un hecho poético, no hace falta decirlo todo, sugerir es suficiente.

-¿Intencionadamente utilizas el humor como instrumento para la sanación?

-Si es así, ¡aleluya! Yo celebro la herida. Mira, antes me preguntabas qué es C.E. en dos palabras, pues ahora respondo en cinco: convertir el pasado en patrimonio. El pasado y sus heridas los llevamos a cuestas, y si las transformamos en patrimonio, nos asentamos encima y somos invencibles.

-¿Convertir la debilidad en fortaleza?

-Ni siquiera digo que sea debilidad, sino que “así fue, vale, lo vamos a celebrar”. ¿A quién le gustaría la idea de ser transparente?, ¡a todos! No se puede llegar a esta transparencia si sufrimos por nuestro pasado, si lo escondemos, si no lo miramos, si no lo celebramos, si no resolvemos lo que podamos. No es que tenga especial interés en hurgar en el pasado de las personas, no quiero saber todo lo que pasó, cada uno lo sabrá. Solamente vemos que nuestro pasado sigue vigente, aquí y ahora. En Francia el animal representativo es el gallo, que canta con las patas en el estiércol del gallinero por las mañanas. Siento que cuando nos asentamos sobre nuestro patrimonio (el pasado), poseemos una fuerza muy grande, una unicidad que brilla y que permite que tengamos un rico intercambio con el mundo. Así me siento ahora. Puedo hablar de mi historia, acompañar a otros desde un lugar que es mío, que no lo sería si no hubiera hecho este recorrido o si hubiese tomado el tiempo de mirarlo y trabajarlo, integrándolo en mí.



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Stanislav Kondratiev
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