Corazón lleno, mente vacía

Puede parecer una frase espiritual bonita hasta que intentamos pensar de verdad qué podría significar

Menos ruido, más presencia

“Corazón lleno, mente vacía” puede parecer una frase espiritual bonita hasta que intentamos pensar de verdad qué podría significar. Una mente vacía no es una mente en blanco ni una mente sin pensamientos. Tampoco es un estado perfecto en el que desaparecen las preocupaciones, los recuerdos, las contradicciones o los conflictos. Nuestra mente piensa continuamente porque esa es una de sus funciones. Recuerda, compara, anticipa, interpreta, busca explicaciones e intenta protegernos.

El problema aparece cuando todo ese movimiento ocupa tanto espacio que ya no queda apenas lugar para nada más. Podemos pasar horas reconstruyendo una conversación que terminó hace días, imaginando lo que tendríamos que haber dicho, interpretando una mirada, anticipando una discusión que todavía no ha ocurrido o recordando una herida antigua que vuelve a colorear lo que acaba de suceder.

En esos momentos creemos que estamos viviendo la realidad, pero muchas veces estamos viviendo todo lo que nuestra mente está diciendo acerca de ella. Una persona guarda silencio y nosotros interpretamos rechazo. Alguien tarda en responder y nuestra mente empieza a construir una historia. Recibimos una crítica y en pocos segundos dejamos de escuchar lo que se nos está diciendo porque ya estamos defendiendo nuestra imagen.

Vaciar no es dejar de pensar

Quizá vaciar la mente no tenga que ver con eliminar pensamientos, sino con dejar de alimentar automáticamente cada uno de ellos. Un pensamiento puede aparecer sin que tengamos que convertirlo inmediatamente en una verdad. Podemos sentir miedo sin asumir que todo lo que imaginamos va a suceder. Podemos estar enfadados sin utilizar ese enfado como permiso para herir. Podemos sentir celos sin convertirlos en control y notar inseguridad sin exigir que otra persona la resuelva constantemente.

Eso no significa negar lo que sentimos. Al contrario, requiere reconocerlo. La diferencia está en no convertir cada emoción o cada pensamiento en una orden que tengamos que obedecer.

Cuando conseguimos observar un poco mejor lo que ocurre dentro de nosotros, aparece una pequeña distancia entre lo que sentimos y lo que hacemos. Los conflictos no desaparecen y tampoco dejamos de tener contradicciones, heridas o miedos. Pero quizá empezamos a reconocerlos antes de que ocupen por completo nuestra manera de relacionarnos.

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Ese espacio puede parecer pequeño, pero cambia muchas cosas.

Cuando dejamos de ocupar todo el espacio

La otra mitad de la expresión, “corazón lleno”, tampoco tiene que ver con vivir permanentemente en un estado agradable. No significa estar llenos de emociones positivas ni convertirnos en personas que siempre comprenden, perdonan o sonríen. Quizá tenga más que ver con algo mucho más sencillo: dejar de estar permanentemente ocupados en defendernos.

Cuando no necesitamos tener razón a cada momento, cuando dejamos de interpretar cualquier diferencia como una amenaza, cuando nuestra necesidad de reconocimiento pierde un poco de fuerza y cuando la comparación deja de acompañarnos continuamente, empezamos a disponer de más atención para aquello que está ocurriendo fuera de nosotros.

Podemos escuchar una conversación sin preparar la respuesta mientras la otra persona habla. Podemos reconocer que alguien está sufriendo sin sentir inmediatamente la necesidad de contar nuestro propio sufrimiento. Podemos agradecer sin calcular lo que hemos dado a cambio. Podemos estar con alguien sin convertir continuamente la relación en una evaluación sobre cuánto nos quiere, cuánto nos reconoce o cuánto nos debe.

Quizá eso sea lo que significa dejar espacio para el corazón. No añadir algo extraordinario, sino retirar parte del ruido que impide percibir.

Muchas veces pensamos que necesitamos más para sentirnos completos: más seguridad, más control, más reconocimiento, más experiencias, más respuestas. Sin embargo, algunas transformaciones importantes pueden aparecer precisamente cuando dejamos de añadir. Cuando quitamos una parte del juicio, de la comparación, de la necesidad de ganar y de esa conversación interior que convierte cada acontecimiento en una cuestión sobre nosotros mismos.

Entonces la expresión empieza a adquirir otro sentido. Mente vacía no sería ausencia de pensamiento, sino menos ruido ocupándolo todo. Corazón lleno no sería exceso de emoción, sino una mayor capacidad para estar presentes, mirar, escuchar y amar sin que nuestro propio mundo interior se interponga continuamente entre nosotros y la vida.

Imagen: Vicente Jesús Díaz

Este artículo fue publicado originalmente en Único Conciencia Global.



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