John van Sicklen Maeck II
Señor, gracias.
Cuando las cosas van mal, me preocupo. Es comprensible. Lo que sigue sorprendiéndome es que también me preocupo cuando todo va bien.
Se abre una puerta. Alguien me responde con amabilidad. Surge una oportunidad. Durante un instante soy feliz. Pero casi de inmediato empiezo a imaginar todo lo que podría salir mal.
¿Y si no dura? ¿Y si he entendido algo equivocadamente? ¿Y si alguna desgracia invisible ya se aproxima en silencio?
He dedicado una parte extraordinaria de mi vida a prepararme para acontecimientos que nunca llegaron a suceder. Y, sin embargo, aquí estoy.
Las peores cosas que imaginé con tanta certeza rara vez ocurrieron como esperaba.
Por supuesto, la vida me ha traído sufrimientos verdaderos. He sufrido pérdidas que no pude evitar, relaciones que no conseguí reparar y decepciones para las que nunca encontré explicación.
Pero gran parte de lo que temía no era la vida misma. Era un futuro inventado por mí, un futuro por el que ya estaba sufriendo antes de que llegara.

A veces me pregunto cuánta vida he dejado escapar mientras intentaba protegerme de perderla.
El miedo sabe disfrazarse de sabiduría. Lo llamamos prudencia, previsión o preparación.
Nos convencemos de que preocuparnos demuestra responsabilidad. Creemos que una decepción dolerá menos si la esperamos con suficiente anticipación.
Pero la preocupación no impide el sufrimiento. Muchas veces solo nos roba la felicidad que podría precederlo.
Poco a poco he empezado a sospechar que en el deseo de preverlo todo se esconde una forma silenciosa de arrogancia.
No puedo saberlo todo.
No sé qué traerá mañana. Apenas sé qué pasa por la mente de otra persona. Y ciertamente no puedo negociar con el futuro por mucho miedo que le tenga.
Tal vez la fe comience precisamente cuando reconocemos lo poco que está bajo nuestro control.
No quiero decir que todo vaya a resultar como deseo. A menudo sucede lo contrario.
Quiero decir que he sobrevivido a pruebas que creí que me destruirían. He recibido bondades que no había merecido. He encontrado belleza inesperada en circunstancias que jamás habría elegido.
He sido bendecido de maneras que nunca habría podido organizar por mí mismo.
Oración
Esta comprensión transforma el significado de la oración.
Con los años, la oración puede convertirse en una larga lista de peticiones.
Protégeme. Ayúdame. Dame esto. Líbrame de aquello. Haz que esa persona me ame. Que mi inversión tenga éxito. Que mi trabajo sea reconocido. Que el futuro justifique el pasado.
No hay nada malo en pedir ayuda. Pero me pregunto si la oración no adquiere una profundidad distinta cuando dejamos de pedir, aunque solo sea por un momento.
Cuando simplemente digo: “Señor, gracias”.
Gracias por esta mañana. Por la luz que entra por la ventana. Por una persona que me habla con ternura. Por la posibilidad de seguir siendo útil a otro ser humano.
Gracias incluso por las desgracias que nunca ocurrieron.
Y gracias por las dificultades que sí llegaron, en la medida en que me enseñaron algo sobre el orgullo, el perdón, la humildad y el amor.
El problema de la preocupación es que mantiene mis pensamientos constantemente dirigidos hacia mí mismo.
¿Qué me sucederá? ¿Qué perderé? ¿Seré amado? ¿Tendré éxito?
La gratitud, en cambio, abre mis ojos al mundo que me rodea.
Alguien necesita ánimo. Alguien necesita ser escuchado. Alguien necesita una comida, una mano tendida, un poco de perdón o simplemente la certeza de que no ha sido olvidado.
Tal vez ser bendecido no signifique principalmente recibir algo.
Tal vez signifique que todavía tenemos algo que ofrecer.
En esa idea hay libertad.

Reconocer el miedo sin obedecerlo
No necesito asegurar el resultado de todas las cosas antes de empezar a vivir.
Puedo disfrutar de un día hermoso sin preguntarle cuánto tiempo durará.
Puedo amar a una persona sin intentar adueñarme de su futuro.
Puedo hacer un trabajo valioso sin exigir que el mundo lo reconozca.
Y cuando el miedo regrese —porque sé que regresará— podré reconocerlo sin obedecerlo.
Puedo detenerme.
Contar hasta diez.
Aceptar la posibilidad de estar equivocado acerca de lo que temo.
Mirar a mi alrededor.
Volver a lo que verdaderamente está sucediendo, en lugar de permanecer prisionero de lo que he imaginado.
Y entonces dar gracias.
No porque la vida me haya prometido seguridad.
No porque el sufrimiento haya terminado.
Sino porque, a pesar de todo, estar vivo sigue siendo algo extraordinario.
La desgracia que tantas veces anticipo casi nunca sucede como la había imaginado.
Y mientras yo la esperaba, las bendiciones llegaban silenciosamente.
Sin anunciarse. Sin exigir nada.
Solo esperaban que yo las reconociera.
Estoy agradecido
Señor, perdóname por tener miedo incluso cuando todo va bien.
Enséñame a aceptar la felicidad sin sospecha, a soportar el dolor sin amargura y a recibir el amor sin intentar controlarlo.
He recibido muchas bendiciones.
Estoy agradecido.
Y hoy, al menos, eso es suficiente.



