Bajarle el volumen al ego

Reconocer los deseos profundos, respetar los límites ajenos, mantener la individualidad y comunicarse de manera sincera

John van Sicklen Maeck II

Estás a punto de enviar un mensaje: “Nunca me había sentido así con nadie”. Quizá sea verdad. También sabes que decirlo podría acercarte a esa persona. Antes de enviarlo, deja el teléfono. ¿Qué quieres expresar? ¿Qué esperas conseguir?

El deseo nos vuelve ingeniosos. Encontramos palabras hermosas, organizamos encuentros, recordamos pequeños detalles. El problema aparece cuando prometemos más de lo que queremos dar para conseguir algo ahora. El sentimiento puede ser sincero y la promesa, imprudente.

Estoy aprendiendo a bajarle el volumen al ego: esa parte de mí que necesita sentirse deseada, sentirse segura o tener razón. A veces estoy tan pendiente de la respuesta que dejo de escuchar a quien tengo delante.

Reconocer el deseo ayuda a elegir: “Quiero tocar a esta persona. Quiero sentirme seguro. Tengo miedo de que se vaya”. No tienes que dejar de sentirlo para decidir qué hacer. Puedes esperar diez minutos, salir a caminar o dejar que haya un silencio.

En esa pausa, quizá descubras que “te necesito” significa “esta noche me siento solo”. O que “siempre estaré aquí” debería ser “me gustaría volver a verte”. La otra persona merece saber qué le estás ofreciendo.

Esa honestidad también cuenta al acercarte físicamente. Pregunta si la otra persona quiere que la toques y acepta su respuesta. Puede disfrutar de tu compañía y querer irse a casa. Puede cambiar de opinión. Date tiempo para sentir la decepción antes de responder.

El deseo también pide paciencia. Puedes disfrutar de un beso que ambos quieren y después cumplir el compromiso de ver a tus amigos. Puedes reír durante una cena y marcharte sin pedirle a esa noche que decida el resto de tu vida.

- Anuncio -

Pregunta por la vida que esa persona tiene fuera de la relación. Quizá le preocupe un examen, cuide a uno de sus padres o tenga ganas de ver a sus amigos. Escucha la respuesta y recuérdala mañana.

Para ayudar, empieza por preguntar: “¿Qué te vendría bien?”. Tal vez una cena durante una semana difícil o escuchar mientras intenta resolver un problema. A veces preferirá ocuparse por su cuenta. Acepta esa respuesta, aunque esperabas ser útil.

Después de dar, observa si llevas la cuenta. ¿Esperas afecto porque pagaste, esperaste o estuviste disponible? Examina ese trato del que nunca hablaron. Quizá lo que parecía un regalo llevaba condiciones que la otra persona desconocía.

No ofrezcas un fin de semana si solo puedes dar una mañana. Di: “Puedo ayudarte el sábado por la mañana”. Si esperas que una amistad se vuelva amorosa, habla de ello cuando sea oportuno. La ayuda no compra intimidad.

Recibir también cuesta. Alguien dice que le gusta estar contigo y tú buscas una prueba, un mérito que explique su afecto. Prueba a responder: “Me alegra”. Quizá disfrute de tu risa o de una tarde cualquiera a tu lado.

Conserva tus amistades, tus intereses y tus responsabilidades. Respeta la misma libertad en tu pareja.

Para mí, ahí el amor empieza a parecerse a la gracia. Alguien me ofrece afecto y tengo que decidir si puedo aceptarlo. No hay ninguna actuación detrás de la cual esconderme cuando esa persona se alegra de que yo esté ahí.

Si has exagerado tus sentimientos, rectifica. Di qué no era cierto y pide perdón por la expectativa que creaste. Permite que la otra persona se moleste. La disculpa tendrá peso si tu próxima promesa es una que puedes cumplir.

Conserva tus amistades, tus intereses y tus responsabilidades. Respeta la misma libertad en tu pareja. Habla con un amigo cuando lo necesites. Puedes pedir tranquilidad sin exigir que tu pareja responda a cada uno de tus temores.

Puede que sigas queriendo el beso. Puede que sigas esperando que se quede. Haz una invitación sincera y deja espacio para la respuesta. Cuando vuelvas a tomar el teléfono, di lo que de verdad quieres decir. Después, escucha.

Imagen de portada: Andrea Piacquadio.



Lo más destacado

Stanislav Kondratiev
de Unsplash